jueves, 30 de octubre de 2008

UNA DE SENDERISMO...



Caminos con historia.
















Los siglos han tratado con cariño el acueducto de Peña Cortada, un valioso monumento que invita a remontar el río Blanco para descubrir la belleza del barranco de la Cueva del Gato.
Teresa Casquel Tomás*

El interior de la provincia de Valencia se ve atravesado por el Turia que recorre La Serranía de occidente a oriente, del frío y severo interior de soledades hacia la costa suave y concurrida; el camino del río es cometa que va dejando la estela de su riqueza, navaja que con su filo parte relieves y reparte bondades y escultor que con su cincel moldea el rostro de la comarca entera; gracias a él, las montañas de La Serranía se llenaron de gentes que desde la prehistoria acudieron a su llamada y se levantaron poblaciones antes o después de que el bravo río atravesara potentes masas montañosas; allí donde unas pocas huertas dieran sustento, donde hubiera un pequeño respiro en el accidentado relieve, allí aparecieron pueblos como Chulilla, Gestalgar o el antiguo Benagéber.

En el tramo medio de su curso, el Turia vertebra el territorio como diría un geógrafo, es imán para naturalistas y excursionistas y reposo del turista poco activo, pero receptivo. La línea que marca el Turia ha unido solidariamente los pueblos a donde llega tarde o temprano su influencia, y sus afluentes, hijos de una misma madre, acuden a la cita desde los más lejanos rincones de la comarca.

Dentro de este marco geográfico serrano y para llegar al lugar privilegiado donde se encuentra el monumento excepcional de la Peña Cortada, afortunado tanto por la perfección en su técnica constructiva como por el cariño, casi mimo, con que los siglos lo han tratado, hay que remontar la cuenca que alimenta al río Blanco, ya que el barranco de la Cueva del Gato, entre cuyas paredes se encaja el acueducto romano, es un tributario de la rambla de Alcotas, que a su vez lo es del río Tuéjar o Chelva y por fin todo va a desembocar al mayor colector comarcal.

Los pueblos de Chelva y Calles se ven unidos y separados por esta obra de ingeniería civil, admirable desde cualquier punto de vista. Un itinerario que consigue hermanar a estos pueblos y permite al caminante admirar obras de arte, tanto naturales como humanas, resulta gratificante.Los ingenieros romanos que se encargaron de las obras hidráulicas, los "hidralarius", diseñaron y llevaron a cabo al pie del pico del Remedio de Chelva, una conducción de agua, aérea en dos tramos con sendos acueductos, abriendo una serie de galerías excavadas en la roca, así como una hendidura en una pared rocosa a cielo descubierto que le da nombre al conjunto monumental de la Peña Cortada.

En la Roma imperial, una vez superadas guerras e insurrecciones republicanas, será momento de planificar la construcción de estructuras de esta importancia; los romanos serán los primeros en la organización de los territorios de forma global, para abastecer a las ciudades de agua y crear zonas de regadío mediante obras hidráulicas que son construcciones sólidas y se diseñan con precisión.Sin datos documentales sobre la finalidad de este sistema situado en La Serranía, quizás fue su destino la zona de regadío en las inmediaciones de Llíria, aunque hay versiones más aventuradas que lo hacen llegar hasta Sagunto.

Viajando por nuestra tierra valenciana, comprobamos como el paisaje es el resultado de diferentes transformaciones seculares, una sobre otra y aún otra más; encontrar un lugar donde la historia se ha detenido, donde la obra milenaria apenas se ha modificado, quizás por lo recóndito de su situación, es algo asombroso; lo natural y lo cultural han hecho un paréntesis en el barranco de la Cueva del Gato y es de agradecer. Asentados sobre el roquedo del cauce, se levantan pilares que sostienen tres arcos del acueducto, lo vemos tal y como fue concebido por los "acuarii", técnicos en el arte de la construcción del arco arquitectónico.

Impresiona adelantar la mirada sobre las peñas para comprobar la profundidad, la solidez y la magnitud del canal elevado; como si de un cuadro se tratase, la pintura apenas se distingue del marco, porque el congosto se fusiona, después de tantos siglos, con los sillares labrados y la armonía es completa, perfecta.

*Centre Excursionista de València

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