jueves, 4 de diciembre de 2008

ALGARROBOS EN ASFALTO















Algarrobos en el asfalto
11.11.2008 -
JOSÉ FORÉS LAHOZ
LAS PROVINCIAS


En los últimos años en nuestros pueblos viene registrándose un hecho -un auténtico fenómeno- que no deja de ser alarmante: el abandono casi sistemático (al menos en determinados sitios) de tierras de cultivo, que a veces superan la mitad de la superficie total. Huertos de cítricos en plena producción, plantaciones exuberantes de frutales, predios tradicionalmente dedicados a hortalizas y sin problemas hídricos están siendo dejados de la mano del labrador (y sin duda, también del Hacedor).


Basta con darse una vuelta por ciertos parajes de la comarca (y en especial por zonas periurbanas) para comprobar el deprimente estado en que se hallan no pocas parcelas, con los árboles esqueléticos, invadidos por la maleza y los zarzales asfixiantes. Son los llamados campos perdidos, clara evidencia de que sus propietarios obtienen más beneficios trabajando en la industria o los servicios que cuidando sus heredades.


No resulta por tanto extraño escuchar en el medio rural exclamaciones como esta: "Nunca nuestros antepasados habrían imaginado que los naranjos que ellos plantaron con amor y sacrificio llegarían un día a dejar de interesar". Pero si semejante situación se da en la huerta, ¿cuál no será el panorama que se vive en el secano? Cuando la moda de las transformaciones llegó a los más apartados rincones de la geografía valenciana, propiciada en buena medida por la potente maquinaria agrícola y el riego por goteo (el llamado regadío del siglo XXI), los agricultores se afanaron en arrancar olivos y algarrobos, haciendo peligrar sin piedad un legado de acusado valor sentimental. A lo largo de los tiempos, en los términos de secano los campesinos modestos se habían dedicado los días de descanso (y los días sin jornal) a hurgar en las entrañas de la montaña o las laderas de los barrancos, levantando artificiales parcelas, verdaderos escalones colgantes: esas prodigiosas "lomas reducidas a graderías" de las que ya en 1795 nos hablara Cavanilles.Tras aquella fiebre que bien pudiéramos calificar de arboricida, en algunos pueblos ribereños -sobre todo en la Vall dels Alcalans y, de modo particular en el limítrofe, Godelleta, lindante con Turís- los símbolos milenarios del secano valenciano -los algarrobos y olivos que quedaron en pie- pasaron a considerarse ya poco menos que como reliquia histórica, puesto que es improbable que en el futuro se lleven a cabo nuevas plantaciones.


Como paradoja, desde hace unos años esos mismos árboles los vemos florecer en el corazón de Valencia capital, a donde han sido trasplantados como revolucionario sistema medioambiental. En parques y jardines, en calles y plazas (y en accesos a la ciudad) olivos y algarrobos crecen en el asfalto, dan sombra a edificios y con sus hojas verdes y perennes engalanan el paisaje urbano. Hay vía peatonal -la del poeta Francisco Caballero Muñoz, por ejemplo, en el barrio de San Marcelino- donde al salir de sus fincas lo primero que se les ofrece a la contemplación a los vecinos es un frondoso algarrobo.


...y como diría un amigo mío: - Nos va a tocar ir a la garrofa hasta por las rotondas!


¡Si nuestros abuelos levantaran la cabeza!.

2 comentarios:

PEÑA RAMIRO penyaramiro@hotmail.es dijo...

Los cambios en la vida del algarrobo son paralelos a los cambios nuestros. Es un cambio de estilo de vida.
Las garroferas han pasado de rurales a urbanas en muchas ocasiones, y nos han acompañado en tan triste éxodo.
Muchas de ellas se sentirán tan perdidas y melancólicas en su nueva ubicación, como muchos de nosotros...

Anónimo dijo...

Yo no quiero ni ver las garroferas cuando mi padre me dice que hay que ir, y en Valencia las ponen de adorno. ¿Por qué no hacen lo mismo con las de monte?