lunes, 19 de enero de 2009

UN VIAJE POR EL TURIA

Un territorio indómito. Teresa Casquel Tomás*, Valencia.
En la parte central de su accidentado recorrido por la Comunitat Valenciana, el Turia viaja por la comarca de la Serranía ahondando en una geología de confusas intenciones; sobre un conglomerado montañoso donde se juntan sin orden masas calcáreas, la corriente fluvial marca límites a los relieves que se ven interrumpidos bruscamente por la fractura tectónica que el río Blanco aprovecha, colaborando con su poder erosivo a engrandecerla; en esos lugares es donde, desde el fondo del paisaje, surgen murallas de piedra habitadas por rapaces que sobrevuelan entre los pinares y el cielo.Los desfiladeros comienzan en la puerta de La Serranía, donde el Turia toma posesión del territorio bajo el puente de Santa Cruz de Moya, y siguen en el congosto de Les Conquetes rodeado de una exuberante amalgama vegetal; aguas abajo, entre las poblaciones de Chulilla y Gestalgar, vuelve a ceñir la montaña el paso del río, y por fin la corriente acuática atraviesa las montañas de la Pea en Vilamarxant, en un último e inesperado intento de llegar al mar, también última e inesperada oportunidad de contemplar el río y las frondosas choperas desde sus modestos pero impresionantes miradores de la Troneta o la Peña Atrón.
Como es ley natural que los paisajes cambien, el hombre colabora de forma apresurada para que esto ocurra y a veces sobre ellos el paso de las llamas deja una huella de oscuro manto; de este tema La Serranía valenciana tiene larga experiencia, sin embargo hay lugares donde, a pesar de su aspecto descarnado por los fuegos, la fuerza de la roca logra superar el duelo del bosque; es el caso de la perfecta hoz de Chulilla que sigue imponiendo admiración al observador con su avieso trazado y sus paredes naciendo del mismo cauce; flota en el aire un lejano sonido a troncos crujiendo de contentos, rumor que parece oírse en las profundidades, bajando las maderadas en libertad por el río y los gancheros caminando en valiente riesgo de sus vidas por los acantilados, intentando controlarlos desde las cornisas de Los Estrechos.A mayor altura, de puntillas sobre la gran plataforma serrana, algunas cumbres como la Peña María en Gestalgar, La Atalaya en Benagéber, el Remedio en Chelva y el majestuoso Rope, visible desde muchos puntos comarcales, son observatorios del surco que el Turia traza, herida que recorre la piel de la comarca, dejando en sus escasas riberas poco espacio para pobladores. Los pueblos necesitan tierras de labor y huertas, ensanches, y riberas donde instalarse, pero el valle no se dejó colonizar fácilmente; es un hecho que desde Santa Cruz de Moya, tras un largo recorrido, Benagéber y Loriguilla fueron los primeros asentamientos de importancia levantados en sus orillas. Estos pueblos, junto a Domeño, sufrieron el traslado de su población con el abandono de sus hogares; este éxodo impuesto fue consecuencia de necesidades hidráulicas de poblaciones río abajo y una drástica solución para las continuas catástrofes provocadas por las lluvias torrenciales de un río que toma para sí las escorrentías del potente macizo que atraviesa. Sobre terreno tan abrupto y solitario, los recorridos excursionistas tienen importantes atractivos en cuanto al paisaje forestal, los sotos junto al río, las amplias panorámicas desde cimas que caen sobre el valle, los paseos acompañados de la corriente fluvial cuando circula libremente o los vertiginosos senderos colgados en sus verticales paredes.
El GR-7 es un eje que, desde Chelva hasta Benagéber, atraviesa el territorio caprichoso del Turia y lo cruza junto al hermoso paraje de la cascada de Barchel, para ascender a terrenos más agrestes cercanos a la aldea de Bercuta.Otros itinerarios aprovechan barrancos y arroyos afluentes al río que rasgan la corteza rocosa formando cascadas como la de Bercolón, y siguiendo el imprevisible y accidentado recorrido del Regajo que, a saltos desciende al Turia desde Sinarcas, el PR-CV 124.3 llega al Charco Negro y La Pardala, antiguos asentamientos acondicionados como agradables lugares de descanso.Planeando en el cielo que cubre este grandioso paisaje valenciano, las águilas reales nos confirman la admiración de la indómita a la vez que accesible belleza que nuestro río Blanco, tierra adentro, imprime a la montaña serrana.
*Centre Excursionista de València.
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1 comentario:

Paisajes de Alpuente dijo...

"Un territorio indómito" es un buen título para enlazar con comentarios anteriores sobre los paisajes de La Serranía, su estado de conservación, el estado de su patrimonio.

La difícil orografía de algunos de sus parajes es incuestionable, y esta dificultad le ha permitido preservarse de la acción del hombre, tantas veces de efectos destructivos.

Pero ¿hasta cuando "lo indomito" mantendrá alejada estas acciones?

Hoy, no son pocos que los que piensan que "ya nos hemos cargado el litoral, toca ahora el turno de las tierras de interior", dentro de una lógica - piensan algunos (y pienso yo)- insostenible, en la que un área metropolitana vive (parasita) unas tierras de interior. Ver p.e. el flujo entre litoral e interior de extracción de materiales, vertederos de residuos o instalaciones productoras de energía.

Y como hoy, la tecnología avanza que es una barbaridad, ya no resulta complicado subir gigantes aerogeneradores hasta las cumbres más escarpadas o desmontar una montaña a golpe de explosivos. ¿Hasta cuando "lo indómito" va a preservar unos paisajes?