miércoles, 8 de abril de 2009

RECUERDOS... CUANDO EMPECÉ A IR A ESCUELA

Yo nací en el 64 y, como todos los de mi edad, nuestra escolaridad comenzó con 4 años en la clase de párvulos de las escuelas actuales que entonces se llamaban Grupo Escolar Bernardo de Lassala y González. Mis primeros recuerdos son del patio de párvulos, que era el callejón entre el edificio y la pared del bancal de arriba. A mi me parecía enorme y me encantaba jugar en las piedras de la pared a cocinar. Las comidas las hacíamos con lo que había a mano, tierra, piedras, alguna hoja, agua y si alguien tenía para almorzar plátano, la piel cortada o machacada también servía. La clase la recuerdo con los pupitres de madera, cuya tapa se levantaba y tenían el agujero para el tintero, muy luminosa y la maestra me parecía muy simpática y muy guapa.
Toda esta felicidad de la clase de párvulos sufrió un cambio cuando al cumplir 6 años pasé a la clase de primero con Dª Isabel. Los primeros días de curso no pude asistir por algún problemilla de salud y cuando llegó mi primer día, me encontré que tenía reservado el último asiento de la última fila por haber llegado la última ya que aquello de los sitios funcionaba por orden de lista, pero no alfabética. La maestra (que no me pareció tan simpática ni tan guapa sino todo lo contrario) preguntaba empezando por la primera y si no sabía la respuesta y la sabía la quinta, por ejemplo, pues la quinta pasaba al primer puesto y la primera retrocedía a la segunda. A mi aquello me pareció un follón de narices y me generó cierta inquietud , aunque debo decir que cuando me acostumbré, desde mi último puesto logre escalar algunas veces a la primera posición. Lo que si que me encantó fue el patio, éste si que era grande. Todavía existía la valla que separaba el patio de los chicos del de las chicas y nuestro patio era la parte que estaba entre las casas de los maestros, la del médico y la pared del bancal de arriba del que colgaba una enorme higuera que en verano , cuando el curso estaba a punto de acabar, daba sus frutos, que caían y se aplastaban en el suelo y que si cierro los ojos puedo oler, ese olor, que siempre he asociado al verano. Aquí los juegos también eran muy divertidos y se iban repitiendo de forma cíclica sin saber porque: la goma, la comba, el balontiro, la tella y cuando llovía y había barro, la tacha. La clase seguía pareciéndome muy grande y en ella estábamos dos cursos 1º y 2º. Las ventanas, que ocupaban casi toda la pared izquierda, estaban formadas por rectángulos de cristal, la mayoría fijos y otros que podían abrirse estirando una cadena que se sujetaba en un clavo, abajo. Uno de esos rectángulos de cristal tenía un agujero redondo por donde salía el tubo de la estufa de leña que en invierno la maestra encendía al llegar a clase, a veces tras varios intentos que llenaban la clase de humo y que nos servía de calefacción.



De aquella época, hasta 6º en que nos reagruparon en Casinos, guardo muchos recuerdos , algunos de ellos, sobre todo de los primeros cursos, resultan ahora chocantes, como la celebración en la clase del mes de María, los pañitos de bainica de la clase de labores, las excursiones a merendar a Santa Lucia los 13 de diciembre, la “visita al sagrario” cuando salíamos de clase al mediodía (antes de ir a casa subíamos corriendo la calle mayor y pasábamos por la iglesia para santiguarnos delante del sagrario, bajo la atenta mirada de D. Alejandro, aunque algún día nos escaseábamos), la leche que nos repartían a la hora del patio, preparada cada día por una madre en una gran olla (y que nos obligaban a beber) o el día de los “premios” que coincidía con el fin de curso y en el que la hija de D. José Albalat nos repartía diplomas, libros, pinturas, que nos parecían tesoros.
A pesar de que si comparamos esto con la escuela actual, hay un abismo en cuanto a profesorado especializado, medios materiales, filosofía de la educación, etc. El haber estudiado en aquella escuela, además de aumentar mis conocimientos, ha enriquecido mis vivencias, ya que el ver nevar desde la ventana de clase y ver como los molinos se cubrían de un manto blanco, u observar como los campos cambiaban su colorido según la estación del año, o reconocer los distintos cultivos o insectos que nos rodeaban , o como he dicho antes oler la llegada del verano, ha sido para mi un privilegio.


CARORUA.

5 comentarios:

agorasique dijo...

Sin duda fue un privilegio ver en vivo y en directo cómo sucedían las cosas... Ser un niño de pueblo tiene, entre otras cosas, grandes ventajas. Yo nunca vi nevar desde los ventanales de mi escuela, ni desde el pupitre podía contemplar la floración de los árboles.En fin, lo único que deseaba era que llegara el verano para irme a Alcublas y disfrutar de todos estos "milagros" en compañía de mis abuelos y mis amigos/as. Vuelvo a felicitarte por tu relato, es auténtico...
Privilegio es que compartas estos recuerdos con nosotros... SIGUE.

PEÑA RAMIRO penyaramiro@hotmail.es dijo...

Qué memoria Carorua!!
Felicitarte por tu excelente artículo. Ya me he dado cuenta que hay más detrás del jabón. Y esperemos que haya más tras la escuela...

marianela dijo...

Me ha parecido un artículo muy bonito.
Felicidades a la autora

Anónimo dijo...

Soy más joven que los que hay en las fotografías,pero conozco a unos cuantos.La cara es el espejo del alma.Voy a citar:R.LLATAS,JOSE LUIS LATORRE,JUAN MANUEL.....

PEÑA RAMIRO penyaramiro@hotmail.es dijo...

Hemos modificado el artículo a petición de la autora.
En su relato original indicaba que era la hija de Don Victor quien entregaba los regalos de fín de curso.
Haciendo memoria, recordó con posterioridad que quien hacía entrega de los regalos era la hija de Don José Albalat.
Rectificado queda.