martes, 2 de junio de 2009

ALCUBLAS. LA LLUVIA DE ORO

El otro día "rebuscando" en los cajones, encontré un sobre que tenía varios recortes de periódicos antiguos y vi que algunos eran bastante interesantes. Voy a transcribir uno de ellos fechado el 1 de Septiembre de 1962. Su autor es Luis B. Lluch Garín y lo tituló "LA LLUVIA DE ORO". Quizá sea un poco largo pero seguro que su lectura os enganchará.

"De Casinos a Alcublas hay 12 kilómetros de una carretera de la cual me dijeron que "no estaba mal" y que sube desde 313 m a 774 m sobre el nivel del mar. Todo ello quiere decir que la carretera es mala -polvo, baches y carriladas con piedras- y de mucha pendiente, pero por fortuna el paisaje es vigoroso: un paisaje de montes apretados y de tupidos pinares.

A dos kilómetros de Alcublas hemos alcanzado el vértice más alto y hemos dejado a nuestros pies todo el amasijo de sierras y valles. Ahora estamos en una llanura ondulada de tierras de labor y junto a la carretera hay unas ruinas: son unos arcos carpanel de mampostería, quizá de un antiguo acueducto, que se levantan sobre unas matas espesas de monrubios. Al fondo se ve todo el valle de Casinos y de Liria y el cauce ancho y borroso del Turia que serpentea bordeando una montaña oscura en donde anidan Villamarchante, Ribarroja y Pedralba.

La calle principal de Alcublas -muy empinada hasta la iglesia- es irregular y estrecha con aceras de rodeno, piso de tierra regada, fachadas blancas con zócalos azules, balcones de voladizo con macetas, persianas de caña y tejaroces de mucho vuelo.

Al entrar en la iglesia y quedarme en el centro curioseando los detalles, se me acerca un chiquillo. Yo no sabía, como es natural, que se llamaba Urbano Pérez Domingo. Ahora ya lo sé y puedo decir que es mi amigo pues ha sido para mí un estupendo cicerone.

- ¿Quiere que le encienda las luces?

- No, muchas gracias. Lo que quiero es hablar con el señor cura y ver la ermita del pueblo.

- Pues está una miaja lejos...

- ¿Quién?... ¿el cura o la ermita?

- No señor... las ermitas, que tenemos dos ¡y había muchas más! - y Urbano comienza entonces su charla; una charla que es clara y fina como el chorrito de una fuente, y este parlotear no me abandonará en toda la mañana.

El cura vive en la plaza de la iglesia y pasamos a verle, y mientras coge el breviario, pues llaman a la misa, me dice:

- Había muchas ermitas muy pequeñas... pero han ido desapareciendo. Solo quedan la de Santa Lucía y la de San Agustín. La de Santa Lucía -sigue explicando el cura mientras se abanica con la funda del breviario y yo espanto las moscas- es de las mujeres. Ellas van allí y hacen sus novenas y el día de Santa Lucía, todos los niños van a merendar y hacer hogueras...

- ¡Con las aliagas de los Molinos! -interrumpen los ojos negros y vivos de Urbano. -¡Yo le enseñaré!...

El cura le hace callar poniendo su mano sobre la cabeza rapada y continúa:

- En la ermita de San Agustín se celebra la fiesta el día del Santo que se guarda en la iglesia... ¿la ha visto usted?... pues es una lástima porque es muy bonita... Y la procesión lleva al Santo hasta el manantial para bendecirlo.

- Gracias, señor cura... ¿quién tiene las llaves?.

- Las tiene doña Angelina... ¿le acompañas?.

Ya estamos Urbano y yo atravesando la plaza en busca de doña Angelina. Doña Angelina es una viejecita que sale arreglada para la misa. Me entrega la llave de la ermita de Santa Lucía.

- ¿Y la de San Agustín?

- La tiene Martín...

A Martín lo encontramos en la farmacia de Rafael Llatas. Ya tenemos las llaves que tintinean en mis manos al compás largo de nuestra bajada por la calle que nos lleva al barranco. Cruzamos esta rambla seca y pedregosa mientras aumenta el calor y el polvo y un aire seco nos llena los pulmones de olor de parvas; atravesamos las paratas negruzcas de unos bancales de rastrojeras, y al fondo, bajo unos cúmulos blancos que se bañan en el cielo azul, se alza suavemente la loma de los Molinos cubierta de espesos matorrales y aliagas.

- ¿Y los Molinos?

- Allí los tiene - y Urbano extiende un brazo bajo la frente arrugada por el sol.

- Pero si aquello son sólo unas ruinas.

- Bueno... pero son los Molinos.

La ermita de Santa Lucía descansa al borde del camino. Es un cuadrado de paredes de piedra sin enlucido y pintadas de blanco; el techo, piramidal, de tejas morunas tiene el remate de una bola de piedra y una sencilla cruz de hierro... Abrimos y entramos... ¡Que fresco tan agradable!. Fuera han quedado las luces ardientes de la trilla, del cielo, del sol y de la cal.

El piso de la ermita es de hormigón y a la derecha, junto a la pared, hay una tabla que sirve de banco. El altar muy pequeño tiene pintado en su frontal una Santa Lucía y dos soldados a ambos lados. Los soldados llevan morrión, uniformes rojos y azules con correaje amarillo y unos fusiles con bayoneta calada. Es una pintura infantil. La mesa del altar está adornada con profusión de búcaros llenos de flores de trapo, de plástico y de papel de plata. Bajo la bóveda de cascarón, de un nicho muy pequeño, hay una imagen de la Santa tras la puerta de cristal y del techo abovedado pende una lámpara de aceite dorada formando juego con otra de aceite que está sobre una ménsula de madera.

Frente a mí, en la pared de la izquierda, penden de una alcayata muchos cartones sobados con gozos y novenas a Nuestra Sra. del Pilar, a las almas del Purgatorio, a San José, a la Virgen de la Cueva Santa, a San Antonio Abad... Pero no he terminado el inventario pues en el lienzo de pared, aunque pequeña, anoto los siguientes cuadros. Uno, con forma de corazón, de cristal, con estampas de San Vicente Ferrer y de la Virgen de la Cueva Santa; una oleografía de la Virgen del Carmen, una cajita con flores de Tierra Santa (que han tocado el Santo Sepulcro), otro cuadro grande de San Vicente y cuatro pequeños de San Roque, de la Virgen de los Desamparados y de San José. Aún quedan en el rincón, colgadas de un clavo otras dos novenas con tapas de cartón que deben ser muy leídas a juzgar por lo mugrientas que están.

El chiquillo me señala los ex votos de cera comidos por las moscas; hay cinco, cuatro pares de ojos y unos senos. Luego me enseña una alcancía de barro. Hago sonar la hucha...

- Poquito hay -me dice-. Hay que echar algo... Obedezco, y cuando voy a salir me da a leer una cinta de donde cuelga una pilita de agua bendita.

Lucía, si en la conquista del cielo tuviste gozo, alcanzad de vuestro Esposo nos quiera guardar la vista.

- ¡Amén! - concluyo con énfasis y mi grito coincide con el portazo de la puerta y el chirriar de la cerradura.

- ¿Quiere ver la otra ermita?.

- Claro. ¿Dónde está?... La ermita de San Agustín se halla situada al otro lado del pueblo y volvemos a bajar y otra vez subimos entre el mismo polvo reseco y los mismos cardos dorados y quemados en este horno de sol.

Luego de diez minutos de caminar junto a la cuneta con un ribazo de avenilla casi transparente, llegamos al ermitorio. Se levanta sobre el barranco en donde brota el famoso manantial. El edificio es muy pequeño, de planta exagonal y una bóveda de tejas sin remate alguno. La puerta tiene una mirilla enrejada y otra vez, al abrirla, es un regalo para el cuerpo caliente, la humedad de su interior. El piso es de tierra apisonada y sobre él se destaca un zócalo de color gris; en lo alto una cenefa de dibujitos azules. Bajo la bóveda, apoyada sobre una escocia circular que sostiene unas rústicas pechinas, se cobija un altar que es más bien un poyo corrido con frontal gris y cenefa azul. En la hornacina hay un cuadro de San Agustín firmado por S. Romero, al parecer... En algunos rincones de las paredes veo unos calados geométricos de color marrón, primorosamente dibujados. Me acerco y contemplo con asombro que no son fruto de la mano de un hombre, sino unas bellas filigranas, como un estudio de cristalografía que han tejido con sus patas largas y finas, un grupo de arañas. Allí están quietas durmiendo en la húmeda penumbra de la ermita.

Al salir tropezamos con las ruinas de la ermita de Santa Bárbara: un trozo de pared, un resto de alero y el hueco del nicho. Todo se levanta entre montones de escombro entre los cuales crecen los bledos, los cardos borriqueros y unos manchones amarillos de siemprevivas. Un grito de alegría suena a mi espalda y es como un dardo de luz que rasga el aire brillante.

- ¡Mire, mire!... Ahí va don Alejandro... ¡Eh, don Alejandro!

Don Alejandro es el cura que avanza por la carretera montado en una "vespa". Me acerco al camino y allí sobre el resuello del motor que el propio cura lo acelera, me despido de él.

- ¿Lo vio todo?

- Si, señor... ¿Dónde va usted?

- A Sacañet, a celebrar misa.

- Pues buen viaje y muchas gracias.

Un trepitar más poderoso, una nube de polvo y la estampa nueva del cura motorizado cabalga ruidoso sobre el polvo de las carriladas.

Cuando llegamos al pueblo, en la misma entrada, hay unas eras. Los hombres aventan la parva candenciosamente. Una ráfaga de viento, un ramalazo insospechado de aire me arroja un puñado de paja trillada que me convierte en una estatua de oro bajo esa lluvia áurea... ¡qué bien huele el trigo en el campo bajo el sol de mediodía!."

PALLAMIN

3 comentarios:

enanito dijo...

Por lo que parece, debeis tener un arcon lleno de documentos alcublanos. ¡Que envidia!
Lo de la llama promete, esperemos que no venga uno y la apague.

paraules dijo...

La hoja de Las provincias ya está hasta amarillenta y todo. Lo guardais todo.

DAVINCI dijo...

Joer...¡¡¡ Fletwood Mac....¡¡¡¡Que recuerdazos, Y QUE BONITA¡¡¡¡


SALUT¡¡¡¡