miércoles, 18 de agosto de 2010

LAS CUEVAS,VALOR A POTENCIAR

El próximo día 21 de agosto tendrá lugar en el Convento de San Francisco de Chelva a las 17 horas una mesa redonda a instancias de la Fraternidad Franciscana de Chelva. Actuarán como ponentes D. FRANCISCO TORRALBA RULL, arquitecto y CRONISTA OFICIAL DE LA VILLA DE CHELVA, D. Juan José Ruiz, arqueólogo, fray Fernando Hueso, de la Orden Franciscana, y Doña Miguela Cañigueral, de la Fraternidad Franciscana, actuando como moderador fray Juan Carlos Moya, de la Orden Franciscana.


Tras la mesa redonda y la celebración de una misa en la iglesia gótica conventual se dará paso a la Jornada de Puertas Abiertas, como se ha venido realizado en los últimos años. El bullicio de los vecinos de Chelva y de los veraneantes alterará la regla de estricto silencio que fue impuesta a los frailes conventuales, junto con la pobreza y la oración, por los estatutos de 1524, silencio que en la actualidad es casi absoluto ya que el convento sólo es utilizado para celebrar la Pascua Joven, un Campo de Trabajo durante el verano y algunos retiros.



Cuando en Chelva se habla de las Cuevas del Convento todos somos conscientes de que se está hablando de las “Cuevas de los Santos Mártires”, lugar donde se ha situado la primera fundación del Convento y que aún se conserva, estando formado por varias cuevas, el cementerio y una pequeña iglesia hoy en ruinas. Todo el recinto se encuentra cercado por una muralla que engloba tanto las primitivas “Cuevas” como las instalaciones construidas durante sucesivos siglos: el claustro, la iglesia gótica con portada renacentista, el refectorio, las celdas, varios corrales y almacenes, dependencias en las que ha dejado su huella tanto el transcurso del tiempo como la actividad humana -especialmente la desamortización y las guerras de la independencia, carlista y civil- y su propia inactividad: huertas y bancales de secano hoy olvidados por los religiosos al no existir una vida conventual continua.





Las Cuevas se encuentran situadas en la parte alta del recinto, junto y bajo el camino de Busera, antigua aldea medieval hoy desaparecida que dio lugar al nombre de una partida del término. Aunque se puede acceder a las mismas por el camino indicado, se suele utilizar un fresco camino que mira al cielo y está bordeado por cipreses que nos conducen a la puerta principal del Convento que, en palabras de cronistas de otros tiempos, se encuentra enclavado en un sitio agradable, con un bosquecillo alegre por una parte y, por la otra, con abundantes fuentes y arroyos que lo hacen ameno y delicioso.



En ese maravilloso lugar aparecieron en 1373 tres frailes franciscanos que se habían dado por perdidos después de haber desaparecido de Zaragoza. El motivo de la desaparición de su convento fue su disconformidad con la relajación de la disciplina religiosa a la que se había llegado. Buscando algún paraje apto para reanudar su vida regular al estilo originario de su fundador San Francisco de Asís, aparecieron cerca de Chelva, en un frondosa ladera al oeste de la villa. Sus nombres eran fray Raimundo Sanz, fray Sancho Fababux y fray Antonio Monrós, eligiendo las Cuevas como humilde morada.



El señor de la villa, Don Pedro Ladrón de Vilanova -en 1390 le fue concedido el título de vizconde de Vilanova y Chelva- les consiguió en 1388 autorización para la fundación de un convento de parte del cardenal Don Pedro de Luna -años más tarde Benedicto XIII- legado apostólico del papa Clemente VII, quien el 13 de mayo de 1390 firmaba en Aviñón la Bula “Sacrae Vestrae Religiones” que regulaba su vida. El primer convento, al que acudieron abandonando las primitivas Cuevas, fue una pobre y humilde fábrica diseñada como por la mano misma de la pobreza. Lo componían nueve celdas angostas y reducidas junto a una pequeña iglesia para celebrar los sagrados oficios, dependencias que fueron construidas a expensas del Vizconde de Chelva, quien en su testamento de 1408 constituyó un mayorazgo y ordenó a sus herederos que dedicasen parte de sus rentas a la construcción de un gran complejo conventual, así como la construcción del convento franciscano de Manzanera, señorío que poseía en el reino de Aragón. Con ambos conventos y con los del Santo Espíritu en Gilet y el de San Blas en Segorbe, se constituyó la primera Custodia Observante de España el 26 de julio de 1424 mediante la Bula “Ad ea quae ex apostolicae” concedida por el papa Martín V por recomendación de fray Juan de Tahuste, obispo de Segorbe. El convento de Chelva fue el primero de España de la Observancia o reforma franciscana.



Entre 1388 y 1391 vivieron, en las primitivas cuevas del Convento, el Beato Juan de Cetina -sacerdote- y el Beato Pedro de Dueñas -lego- quienes se preparaban para ir de misioneros al reino musulmán de Granada, hacía donde partieron en enero de 1397. Allí fueron encarcelados y encontraron la muerte ante el emir Abu Abdallah Muhammed VII, quien después de torturarlos los decapitó personalmente el día 19 de mayo. Sus reliquias fueron rescatadas por unos mercaderes catalanes que las enviaron a la catedral de Vich y a los conventos franciscanos de Sevilla y Córdoba. Fueron beatificados por Clemente XII en 1731.



Según la tradición, en la cueva mayor de todas que tiene una estancia situada bajo el camino de Busera, el padre Vicente Mares, cronista del siglo XVII, nos cuenta que estando Juan de Cetina en su interior hablando con otro compañero profetizó su martirio diciendo: “hermano, yo he de ser mártir, más mi compañero en el martirio no seréis vos, sino el que ahora pasa por encima de nosotros con una cesta de uvas”. Precisamente era Pedro de Dueñas, que regresaba al convento con una cesta llena de uvas de las muchas viñas que tenía el vizconde en aquella partida.



Es pues, en honor a los Beatos Juan de Cetina y Pedro de Dueñas, por lo que las cuevas del Convento de San Francisco de Chelva recibieron el nombre popular de las “Cuevas de los Santos Mártires”. En las mismas también habitó el Beato Francisco Pinazo, natural de El Chopo (Alpuente), mártir en Damasco el año 1860. Y entre los religiosos que habitaron en el Convento no podemos olvidarnos del Beato Nicolás Factor, excelente poeta, músico y pintor, que estuvo como guardián entre 1557 y 1559, abad en los conventos franciscanos, del que se comenta que hizo varios milagros, como aquel en que multiplicó prodigiosamente el trigo del granero para darlo a los pobres, y en otra ocasión, cuando el Vicario de la iglesia de Chelva le pidió que llevase el Santísimo en la procesión del Corpus, y habiendo llovido al llegar la comitiva a la esquina de la calle de La Parra, una de las entradas a la antigua judería, donde había un gran charco de barro, el beato Nicolás se detuvo, se arrobó y comenzó a elevarse corporalmente, prosiguiendo hasta mitad de la calle del Portal del Pico, desde donde descendió lentamente a la vista de todos los presentes que pudieron dar fe del milagro.



Entre tanto Beato, lo fácil sería solicitarles un milagro. Pero desde la humildad franciscana que presidió sus actos, sólo puedo pedirles que iluminen a los miembros de la Mesa Redonda en el camino, que al parecer inician, para potenciar el valor religioso e histórico del glorioso convento de San Francisco de Chelva y de sus primitivas cuevas. Chelva, sin sus franciscanos y su responsabilidad, servicio y armonía, nunca hubiera sido la misma.



VICENTE VALLET PUERTA, CRONISTA OFICIAL DEL VIZCONDADO DE CHELVA.
(Fotos Serranía Digital)

2 comentarios:

Mario dijo...

Magnífico reportaje, como siempre. Felicidades.

Fede dijo...

Tras leer el artículo no me queda más remedio que ir a Chelva . Gracias por la excelente información.