jueves, 15 de septiembre de 2011

ALCUBLAS PARTICIPÓ EN...

LA EXPOSICION UNIVERSAL DE PARIS DE 1867

Con esta nueva colaboración para el blog PEÑA RAMIRO inicio una serie en la que trataré de reflejar la participación de los alcublanos o de algún elemento relacionado con Alcublas en destacados acontecimientos históricos. Y qué mejor comienzo que recordar cómo Alcublas estuvo presente en la magna Exposición Universal que se celebró en París en el año 1867.


Para ello hay que retroceder en el tiempo y comenzar por el principio. La segunda mitad del siglo XIX fue la época de las Exposiciones Universales, que se convirtieron en el gigantesco escaparate que mostraba al mundo las maravillas de un tiempo nuevo surgido de la Primera Revolución Industrial, gracias a los avances de la ciencia y la técnica. Los recintos feriales eran una gigantesca vitrina donde cada nación intentaba presentar al resto de los países sus mayores adelantos tecnológicos, sus riquezas naturales y sus peculiaridades culturales y artísticas. Fueron sin duda alguna los mayores acontecimientos internacionales del siglo XIX dedicados a “la mayor gloria del progreso”, y de las que aun hoy perduran algunos elementos como por ejemplo la emblemática Torre Eiffel, construida para la Exposición Universal de París de 1889.


El concepto de Exposición Universal surgió tras la “Gran Exposición de Trabajos Industriales de Todas las Naciones”, que tuvo lugar en Londres del 1 de Mayo al 15 de Octubre de 1851. Está considerada unánimemente como la primera exposición verdaderamente mundial y marcaría el patrón de las siguientes exposiciones universales. Su principal promotor fue el Príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria de Inglaterra, con el propósito de que dicha exposición fuera un “monumento internacional a las grandes virtudes de la civilización: la paz, el progreso y la prosperidad”. Se instaló en los jardines de Hyde Park en un grandioso edificio de acero y cristal, a modo de gigantesco invernadero, de 563 m. de fachada y una altura de 43 m. diseñado por Joseph Paxton: The Crystal Palace.


Durante la celebración de las primeras Exposiciones Universales afloró en toda su intensidad la ya histórica rivalidad entre Gran Bretaña y Francia. Así, tras cada proyecto inglés la respuesta francesa no tarda en producirse: Londres 1851-París 1855, Londres 1862-París 1867. Y la réplica intenta superar en todas sus magnitudes a la propuesta previa: grandiosidad de los palacios de exposiciones, número de países participantes y de expositores, número de visitantes, etc. Con un claro fin propagandístico, y en pleno auge del imperialismo, este pulso le sirve a Francia para ocupar el puesto de primacía en las artes y en la ciencia pura y a Gran Bretaña para mostrar su avanzado desarrollo económico y su reconocido poderío industrial.


Finalizada “La Exposición Internacional de Londres de la Industria y del Arte” de 1862, Francia se postularía rápidamente para organizar una nueva Exposición Universal a celebrar en 1867 con sede también en París, y con ello demostrar al mundo la grandeza del "Segundo Imperio" del Emperador Louis-Napoleón Bonaparte, Napoleón III. La preparación del evento se inicia con el decreto de 22 de junio de 1863 del propio emperador, por el que se convocaba para 1867 “una Exposición universal de los productos agrícolas é industriales” y por decreto de 1 de febrero de 1865 “se acordó que simultáneamente se celebrara una Exposición de obras de arte”. De su organización quedó encargada una Comisión Imperial presidida por el príncipe Eugène-Louis-Napoleón Bonaparte, hijo del emperador, siendo el Comisario General de la misma Frédéric Le Play, ingeniero de minas.


La Exposición Universal de 1867 ocupó una extensión considerablemente mayor a la anterior edición parisina del año 1855 sobre un gran espacio vacio de 46 has situado al oeste de París, en el Campo de Marte (Champ de Mars): entre los muelles del río Sena, las instalaciones de la Escuela Militar y las avenidas de Suffren y de La Bourdonnais. Además de esta ubicación, se estableció el anexo agrícola y hortícola en la isla Billancourt (hoy llamada Saint-Germain) aguas arriba del Sena, con una exposición de maquinas y herramientas agrícolas, además de campos de prácticas donde los visitantes podían observar en directo el funcionamiento de la maquinaria así como el ensayo de diversos cultivos.


El Gran Palacio de la Exposición Universal de 1867 se atribuye a la concepción de Frédéric Le Play y al diseño del ingeniero Jean-Baptiste-Sébastien Krantz, siendo ejecutado por el arquitecto Léopold-Amédée Hardy en colaboración con los ingenieros Charles Duval y el joven Gustave Eiffel. Su construcción comenzó en 1865 y, a pesar de su complejidad y grandes proporciones, fue concluido a tiempo para el día de la apertura el 1 de abril de 1867. Rodeando a este Palacio de la Exposición, Adolphe Alphand diseñó un espectacular espacio ajardinado salpicado de quioscos, construcciones pintorescas como templos de distintas religiones, faros, fábricas, un acuario, etc. y donde, por vez primera en una Exposición Universal, se situaron los diversos pabellones nacionales, la llamada “ciudad internacional”.


El Palacio de la Industria, su denominación oficial aunque por su forma era conocido entre el público y la prensa como Colisée, era un gigantesco edificio de unas espectaculares proporciones, con unos ejes de 482 m. de largo por 370 m de ancho y un área total aproximada de 146.000 m2. Desde el exterior se apreciaba elíptico u ovalado, aunque en realidad en planta se componía de dos semicírculos unidos por un espacio intermedio no cubierto y ajardinado de 166 m. de largo por 56 m. de ancho. A pesar de ser un edificio innovador para su época, y de contar con grandes entusiastas, principalmente debido a que permitía la exposición exhaustiva de los productos en combinación con su procedencia geográfica, no recibió buenas críticas de los expertos para los que el edificio “carece de talento, de imaginación y monumentalidad”. De hecho, a la finalización de la Exposición Universal fue demolido por completo.


Su interior se dividía en siete anillos concéntricos denominados galerías. Los dos primeros, los más cercanos al centro, construidos en mampostería y los cinco restantes en hierro. A medida que se distanciaban del jardín central aumentaban en altura y volumen, siendo la galería sexta la de mayores dimensiones, con una anchura de 35 metros y 25 de altura, para albergar la exposición de las máquinas. La séptima y última volvía a reducirse hasta los 10 metros de anchura por 6 m de altura. Todas las galerías estaban cubiertas mediante una estructura de zinc y cristal para lograr la entrada directa de luz, aunque tamizada en el interior a través de toldos de tela pintada. Los suelos eran de arena apisonada, pero algunas salas contaban con revestimientos de madera, tapices o pavimentos hidráulicos colocados por los propios expositores como muestras de sus producciones.


La distribución de los expositores en el interior del Colisée, cuyos productos habían sido clasificados por la Comisión Imperial en 10 grupos y 95 clases, se planteó para dos tipos de recorrido. Si se caminaba siguiendo las líneas concéntricas se encontraba siempre un mismo grupo de objetos. En el anillo interior las Bellas Artes seguidas en el siguiente por las Artes Liberales, después las Artes Útiles y Mobiliario Doméstico, los Vestidos, las Materias Primas y, cerrando el conjunto, la galería exterior de las Máquinas. En cambio, si se realizaba un recorrido siguiendo las calles radiales, se discurría a través de las colecciones de un país. Se contaban diecisiete calles radiales, cada una con los nombres de los diferentes países y decoradas con los correspondientes símbolos nacionales.


La Exposición Universal quedó inaugurada el 1 de abril de 1867, cuando a las dos de la tarde de ese día el matrimonio imperial francés y su comitiva accedieron al recinto expositivo a través del puente de Jena, sobre el Sena, siendo recibidos por el personal de las comisiones organizadoras, los jurados internacionales y demás personalidades, mientras una gran multitud se apiñaba expectante por los muelles. El momento más destacado de esta inauguración, en la que no hubo ningún tipo de discurso de apertura y que consistió simplemente en un recorrido por las diferentes galerías del Palacio de la Exposición, sucedió en la llamada Galería de las Máquinas. En concreto cuando los artefactos mecánicos iniciaron simultáneamente su funcionamiento ante la llegada de Napoleón III y su esposa Eugenia de Montijo.


El acto más solemne de esta Exposición Universal resultaría ser la ceremonia de entrega de premios, llevada a cabo el 1 de julio de 1867 en el Palacio de la Industria de los Campos Elíseos (Champs Elysées), sede de la anterior Exposición Universal de 1855. Sin duda fue uno de los actos más fastuosos y brillantes de ese estilo celebrados durante el siglo XIX: “nuestro siglo no ha visto, y acaso no volverá á ver, un espectáculo semejante”. Presidida por el Emperador de Francia Napoleón III y su esposa, contó con la presencia de una gran cantidad de público, en torno a veintidós mil personas, entre ellos dos mil expositores y comisionados, además de personalidades destacadas como el sultán de Constantinopla y varios príncipes y reyes de los países participantes en la Exposición.


En la misma se hicieron entrega de los premios acordados por un extenso Jurado Internacional integrado por 627 miembros. En Bellas Artes se concedieron un total de 139 distinciones repartidas en un gran premio y las medallas de primera, segunda y tercera clase. Estas recompensas se distribuyeron entre 1.417 expositores y 1.893 obras presentadas. En los grupos de agricultura e industria se otorgarían 19.256 recompensas en forma de grandes premios, medallas de oro, plata y bronce y menciones de honor, distribuidas entre 52.337 expositores participantes. Se establecieron, asimismo, premios especiales de colaboración. Como colofón a esta ceremonia, el Príncipe Imperial, como presidente de la Comisión organizadora, brindó la gran medalla de la Exposición al Emperador, su padre, por el éxito del certamen.


La Exposición Universal de 1867 cerró sus puertas el día 3 de noviembre, tras una duración de siete meses, periodo de tiempo durante el que París fue la capital de la paz y del progreso: se convirtió temporalmente en la verdadera capital del mundo. La Exposición Universal de 1867 fue un éxito con la cifra récord de 11 millones de visitantes y la participación de prácticamente todas las naciones relevantes de la época. Asimismo, resultó muy útil desde el punto de vista diplomático al emperador francés, puesto que tres monarcas que no habían querido visitar Francia desde el ascenso al trono de Napoleón III visitaron la Exposición: el zar de Rusia Alejandro II, el rey de Prusia Guillermo I y el emperador austriaco Francisco José. También visitaron París el sultán otomano y, entre otro reyes, Jorge I de Grecia y Leopoldo II de Bélgica, lo mismo que varios príncipes y primeros dignatarios de otros países.


En cuanto a España, la primera medida que establece el gobierno de Isabel II sobre la Exposición Universal de 1867 es, precisamente, aceptar la invitación de Napoleón III mediante la Real Orden de 20 de abril de 1865, siendo designado el entonces ministro de Fomento, Manuel de Orovio Echagüe, para informar a la Comisión Imperial sobre la asistencia española. A partir de este momento, las siguientes medidas legislativas crean las instituciones fundamentales para organizar la participación española. Destaca la Comisión General Española, que nace por Real Orden de 28 de octubre de 1865 con sede en Madrid, en el propio Ministerio de Fomento, integrada por veinticuatro miembros entre los que se hallan el presidente, el secretario y los vocales.


De otro lado, actuando como núcleo organizativo de la delegación española, se encontraba la Comisión de Calificación y Estudio, también llamada Comisión Regia, que se instaló en París y representaba al gobierno español ante la Comisaría Imperial. Se componía de un Comisario Regio, Manuel Antonio de Acuña y Dewite, marqués de Bedmar; de un Vicecomisario, el conde de Moriana y marqués de Cilleruelo; de un Secretario General, Braulio Antón Ramírez; y de un Vicesecretario, José de Echeverría; además de un cierto número de funcionarios facultativos. La estancia en París del Comisario Regio y del Secretario se inició en el mes de diciembre de 1866, prolongándose hasta finales de noviembre de 1867. Los demás comisionados permanecerían en París desde enero hasta finales de junio de 1867.


A causa de la inestabilidad política en España, al año siguiente fue abolida la monarquía siendo proclamada la Primera República Española a la que se llamaría “La Gloriosa”, la presencia de representantes institucionales españoles en la Exposición Universal de 1867 fue bastante escasa. Respecto a la Casa Real, cabe referir que no realizó ninguna visita oficial, situación que lamentaba la misma Reina Isabel II en carta personal de 23 de mayo de 1867 al emperador Napoleón III. Dicha ausencia restó brillo social y relevancia internacional a la participación española en París. No obstante, Benito Pérez Galdós recuerda en sus memorias al rey consorte Francisco de Asís de Borbón (esposo de Isabel II) paseando, probablemente en visita privada, por el recinto de la exposición.


La Comisión Imperial asignó a España los siguientes espacios expositivos: un pabellón nacional en el Parque; una superficie para los expositores españoles de 1.664 m2 en las galerías del Palacio de la Industria, el sector H, junto a una de las calles radiales llamada calle de España, entre el sector de Suiza (G) y el de Portugal (I); una horchatería valenciana, cercana al pabellón nacional, a cargo de Francisco de Paula Rochano y un café en la parte exterior de la galería española del Palacio de la Industria, regentado por Juan Fernández de Quevedo, dueño del Café Universal de Madrid. Los corresponsales españoles desplazados a París criticaron que el espacio expositivo otorgado a la sección española era muy inferior al papel que le correspondía a España por superficie o por población.


La instalación más emblemática para un país participante en esta Exposición Universal de 1867 era el llamado pabellón nacional. Por primera vez en la historia de las exposiciones universales la Comisión Imperial permitió a las naciones invitadas edificar un pabellón representativo de cada una de ellas. El pabellón español (Casa de España) se situaba en el denominado barrio alemán del Parque del Campo de Marte. En el cuadrante entre el Palacio (Colisée) y la intersección de las avenidas Suffren y La Motte-Piquet, junto a los pabellones de, entre otros países, Austria, Bélgica, Prusia, Suiza y varios anexos orientales. Este emplazamiento fue objeto en la época de algunas opiniones negativas, por considerar se encontraba en un lugar alejado “en un rincón (…) donde la distancia (…) y lo pendiente de los caminos hacen molesto el acceso a él; siendo por estas causas el edificio más desairado del Parque”.


El pabellón español sería ejecutado por el arquitecto Jerónimo de la Gándara en estilo neoplateresco, inspirado en el palacio de Monterrey de Salamanca, otorgando el gobierno español una suma de 400.000 reales para su construcción. De planta en forma de H, se componía de un cuerpo central de 17 m de largo y 8 m. de ancho, con un primer piso donde destacaban cinco grandes arcadas, estando flanqueado por dos torres de 16 m de altura. Por detrás del cuerpo principal se adosaba otro menor, dotado sólo de planta baja y una galería en lo alto. El espacio expositivo se componía de una gran sala de unos 120 m2 del edificio principal, y otra aproximadamente igual en su piso superior, además de otras piezas pequeñas situadas en cada piso de las dos torres y del edificio trasero.


Este pabellón español en el Parque se tenía previsto como “punto de exposición á los objetos enviados á París por las provincias españolas de Ultramar (Filipinas, Cuba y Puerto Rico, y Fernando Poo)”, pero al final, y dadas las reducidas dimensiones concedidas a España por la Comisión Imperial en las galerías del Palacio de la Exposición, una parte importante de los objetos a exponer en éste debieron trasladarse al pabellón de la Casa de España. Así, entre otros, la colección de minerales; productos forestales; pastas, frutos secos, chocolates y conservas alimenticias; bebidas fermentadas (principalmente vinos), cereales y demás productos agrícolas alimenticios y no alimenticios, además de los aceites. Por su parte, las materias textiles (lana, seda, lino, cáñamo, algodón), las mieles y ceras, el esparto, las sustancias resinosas y tintóreas se repartían entre una sala en el Palacio de la Industria y el Pabellón.


El desequilibrio entre productos a exhibir y superficie provocó el abigarramiento de las salas españolas e importantes defectos en la ordenación de los objetos. Estas estrecheces, unido a una cierta desidia por parte de buena parte de los expositores españoles a la hora de presentar adecuadamente y de forma atractiva sus productos, llevaron a que muchos de éstos quedaran expuestos “amontonados, confundidos unos con otros, sin puntos de vista convenientes, sin espacio donde formar combinaciones armoniosas”. Y por ello “no ha podido juzgársenos sino bajo un aspecto desfavorable, inferior á lo que realmente valemos”. En gran medida olvidaban que su presencia en París equivalía a la mejor inversión publicitaria en la época.


Pese a ello, se lograron los suficientes premios como para que el balance de esta Exposición Universal de 1867 no resultara en exceso negativo para España. Entre los 2.624 expositores españoles participantes se obtuvieron un número nada despreciable de distinciones, algunas de notable calidad: “El total definitivo de recompensas á España es de 525, distribuidas en esta forma: 12 diplomas y medallas de bronce especiales para los declarados fuera de concurso; 6 medallas también especiales de bronce y 3000 francos efectivos para los artistas; 22 medallas de oro, 81 de plata, 201 de bronce y 203 diplomas de menciones honoríficas para las demás clases”.


Otro tema distinto fue la imagen que como nación ofreció España en esta Exposición Universal de 1867. En palabras de José de Castro y Serrano, director de “España en París. Revista de la Exposición Universal de 1867”: “El papel representado por España en la Exposición de 1867, ha sido, para los que solo se fijan en la forma: malo. Para los que solo se fijan en el fondo: mediano. Para los que juzgan en relativo: excelente. Para los que juzgan en absoluto: deplorable (…) España ha aparecido en París rica como siempre en productos naturales, opulenta en materias extractivas, fecunda en cereales y frutos, mediana en aprovechamiento de los recursos de su suelo, y escasa y atrasada en las industrias fabriles y manufactureras. Esto equivale á decir que España se ha presentado pobre”.


¿Y cómo participó Alcublas en esta Exposición Universal de París de 1867?. Hoy en día la podemos conocer gracias al “Catálogo General de la Sección Española - Exposición Universal de 1867”, publicado por la Comisión Régia de España y autorizado por Real Órden de 15 de marzo de 1867 del Ministerio de Fomento. Así, en su página 203, aparece el Expositor nº181. CUERPO DE INGENIEROS DE MINAS.- Valencia, con el objeto referenciado con el número 605. Mármoles. Bajo este nombre genérico, el Cuerpo de Ingenieros de Minas exhibió una colección de los mejores mármoles de la provincia de Valencia, con el nombre de sus localidades y su precio, en origen y en Valencia. Y entre ellos se encontraba el reconocido mármol de Alcublas.


El precio marcado para el mármol de Alcublas (por cierto, con una variedad parda desconocida y de la que no he encontrado referencia escrita alguna) era muy superior al resto, lo que demuestra su excelente calidad: “605. Mármoles. Precios: el mármol amarillo de Buixcarró escudos 27,735 metro cúbico en la localidad, y esc. 46,225 en Valencia. Mármol de diferentes colores de Naquera escudos 36,980 y 55,470 id. Mármol negro y pardo de Alcublas escudos 64,715 y 83,205 id. Mármol negro de Villamarchante, esc. 27,735 y 46,225 id.”. Al mismo tiempo, otro fragmento de piedra negra de La Pedrera de Alcublas era exhibido en la Exposición Universal. En esta ocasión por el Museo de Ciencias Naturales de Madrid como Expositor nº120 en su “Colección de mármoles comprendiendo 214 muestras de las provincias de España”.


Debido al escaso espacio disponible en el Palacio de la Industria (Colisée), todos los objetos de la Clase 40 (Productos de la explotación de minas y de metalurgia), y entre ellos las dos muestras del mármol de Alcublas, fueron expuestos en la gran sala del edificio principal del pabellón español (Casa de España), en los jardines del Campo de Marte. En cuanto al reparto de recompensas, el mármol negro de Alcublas tuvo una suerte dispar. Como integrante de los mármoles expuestos por el Cuerpo de Ingenieros de Minas de Valencia, no obtuvo ninguna distinción. Sin embargo, el Jurado Internacional sí otorgó una meritoria medalla de plata a la colección de muestras presentadas por el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, entre las que figuraba el famoso mármol negro de Alcublas. Así pues, Alcublas no sólo participó, y por partida doble, en la Exposición Universal de París de 1867, sino que hasta fue distinguida con un premio. Aunque hay que reconocer que integrada en una muestra colectiva.


Es cierto que la participación de Alcublas en la Exposición Universal de París de 1867 fue bastante limitada y concreta, pero lo realmente significativo es que hace 144 años Alcublas estuviera presente en una de las más importantes Exposiciones Universales celebradas en toda la historia. Y ahora cabría preguntarse, ¿podrá conseguirse que el nombre de Alcublas vuelva a estar presente en alguna de las Exposiciones Universales a celebrar en este siglo XXI?. Sería un magnífico objetivo colectivo para todos los alcublanos de bien…


Por JUAN ANTONIO FERNANDEZ PERIS


Del Centro Excursionista de Chelva y
colaborador del blog Peña Ramiro.

10 comentarios:

espe dijo...

ole, ole y ole.

Anónimo dijo...

Cantidad y calidad. Y lo mejor, descubrir nuestra presencia en acontecimientos como una Exposición Universal. Ya nos viene la cosa de lejos.

bichico dijo...

Ese marmol negro y pardo tan nuestro y querido, y a fecha de hoy la pedrera abandonada. Me suena algún proyecto de recuperación, pero abandonada.

Anónimo dijo...

Nosotros ya tuvimos este año nuestra pequeña exposición universal: el SERRALTUR. Poco a poco el nombre de Alcublas aparece donde menos esperas.

Anónimo dijo...

IMPRESIONANTE JUAN ANTONIO. HABRIA QUE NOMBRARTE HIJO ADOPTIVO.

El Blanco dijo...

Os doy un 10! Las cosas como son....

Anónimo dijo...

Y la pedrera cerrada. Pena, penita, pena.

Anónimo dijo...

En la legislatura alcublana del PSOE del año 2007 se pididó una subvención para hacer estudio de viabilidad de la Pedrera. Pero desgraciadamente no hubo financiación. Esta Pedrera si se confirmara la viabilidad de la explotación podría dar trabajo a unas cuantas personas del pueblo y para aquellas personas del PP que en su día criticaron que eso sería una degradación del paisaje, confundiendo churras con merinas, solo decir que no es lo mismo una sola explotación nueva con medidas de protección del paisaje que la nefasta explotación que se hace de las minas en la comarca, algunas de ellas explotadas por multinacionales que pagan a cuatro reales y destrozan el paisaje.

Anónimo dijo...

se me olvidaba excelente reportaje de Juan Antonio

Anónimo dijo...

Un buen complemento:
http://penyaramiro.blogspot.com/2008/10/aparecemos-hasta-por-el-subsuelo.html