viernes, 23 de septiembre de 2011

SERRANÍA GRAN RESERVA

PAISAJES DE ALPUENTE

Aldeas, molinos y masías


En artículos anteriores nos hemos referido al paisaje humanizado, paisajes consecuencia de la interacción del hombre con el medio natural. Geografía de naturaleza transformada, pero enriquecida de significados históricos, etnográficos o arquitectónicos, que el Hombre como actor y espectador convierte en paisaje. Geografía en suma, base de su sustento y su cultura.


Dos factores han condicionado, en el transcurso de la historia, la humanización del territorio de Alpuente, y por tanto, la construcción de su cultura. Si las necesidades defensivas son el origen bien conocido de la Villa, la expansión agrícola ya en épocas más tranquilas, completó la estructura del territorio que hoy conocemos.


Como territorio rural, su explotación agrícola y ganadera, ha propiciado una colonización dispersa, próxima a tierras aptas para su cultivo, donde la presencia de agua y de tierras fértiles fáciles de trabajar determinan el lugar elegido para el asentamiento.

A principios del XX, cuando la expansión agrícola se encontraba en su máximo apogeo, El Collado y Corcolilla superaban en vecinos a la Villa. La población de las actualmente abandonadas aldeas de Vizcota, La Hortichuela, Cañada Seca y El Chopo no era en ninguno de los casos inferior a los cincuenta habitantes. A estos núcleos de población, se sumaba el poblamiento disperso del Rento de Vizcota, Benacatázara, Hoya de Gil Abad, Casa del Agua Buena, El Hondo, Cañada Pastores, Pozo Martín, el molino del Micero y Casas de Arquela. La población censada del término de Alpuente superaba entonces los tres mil habitantes.


Esta es la estructura territorial heredada, eficiente y sostenible hace apenas cien años. Claro, que las de condiciones de vida han cambiado y su explotación exclusivamente agrícola y ganadera no garantiza ya las necesidades de su población. No es por tanto propósito de estas páginas, la defensa de un paisaje inmóvil, escenario congelado de un pasado que a lo sumo pudiera resultar pintoresco, pero sí que las transformaciones, necesarias y convenientes, se asienten sobre la base de lo ya consolidado, como mejor garantía de continuidad de su cultura.


La estructura polinuclear y dispersa constituye el patrimonio de Alpuente y buena parte de sus paisajes. Alberga notables ejemplos de arquitectura popular, ermitas, molinos o corrales, y sobre ella se sustenta un modelo de vida estrechamente ligada a la tierra. Una estructura rica, variada y sin duda compleja, que garantiza a su vez la puesta en valor de sus parajes naturales próximos y por ende reclama su conservación.



Acercarse hoy a sus aldeas o a alguna de sus masías es disfrutar de una arquitectura integrada en el paisaje, en equilibrio con la naturaleza, o en cierto equilibrio al menos, conseguido tras siglos de lenta y sabia adaptación. Poblaciones donde reina la tranquilidad y el silencio. Pero también es constatar como buena parte de su patrimonio se desmorona. Es constatar el escaso interés que despiertan joyas de la arquitectura y la etnografía, como el molino del Micero o Benacatázara, cuyo deterioro de su acceso desde la red viaria de Alpuente llevan a dudar de su pertenencia al término.



Conocer a sus habitantes es conocer el rostro humano de una política territorial de la que quedan ausentes. No han llegado a ellas las prisas ni el ruido del tráfico, pero tampoco los servicios que en otro lugar consideraríamos como elementales. Como consecuencia continúa el incesante goteo de jóvenes que emigran al no ver claro su futuro. Para algunas de estas aldeas se vislumbra ya su dramático final.


¿El futuro de esta riqueza patrimonial? Dependerá en gran medida de reconocer esta estructura polinuclear y dispersa como base real, sólida y segura, de su futuro desarrollo.

Hoy el territorio, dada su complejidad, se estudia y planifica, y es competencia de las administraciones públicas dotarles de infraestructuras, de hacer llegar a sus habitantes los servicios necesarios, y de encauzar las iniciativas privadas hacia el modelo que se pretende impulsar.

 
Pero cabe preguntarse, sobre qué modelo de territorio, esta competencia de lo público sobre lo que es patrimonio colectivo, se orienta. Porque el territorio, el paisaje en definitiva, entendido en su significado más amplio, entendido como estructura sobre la que se asienta la economía, la cultura y el modo de vida de sus pobladores, se hereda, se estudia, se valora y se proyecta su futuro , pero no se inventa.

2 comentarios:

El Blanco dijo...

La utopía es como si los a los diputados les diera por pasar a ser mileuristas. Aquí pasa lo mismo, es una utopía que a los mandamases les diera por recuperar el rico patrimonio de la Serrania. Vamos a tener que hacer nuestro el lema de Teruel. ¡La Serranía existe!

Tintin dijo...

Articulo para leer y saborear. Y sobre todo, para meditar. El mundo rural debe tener un reencuentro entre personas y medio. La crisis actual lo propicia, estoy convencido.