martes, 15 de noviembre de 2011

VIAJEROS ILUSTRES EN ALCUBLAS...

RICHARD FORD



(1ª PARTE)


Rerum Hispaniae indagator acerrimus

En una nueva colaboración para este blog PEÑA RAMIRO, y siguiendo con la serie de personajes ilustres con algún tipo de relación con Alcublas, repasaré la vida y obra de uno de los principales viajeros que recorrieron España en siglos pasados, en concreto en el primer tercio del siglo XIX, y que pasó por Alcublas: el erudito, escritor e hispanista inglés Richard Ford.


Richard Ford nació en Chelsea, elegante barrio de Londres, el 21 de abril de 1796 en el seno de una familia acomodada. Era el primogénito de Sir Richard Ford, subsecretario del Ministerio del Interior, y de Mariana Booth, artista aficionada cuyo padre fue un experto en arte y administrador de la East India Company. Tuvo una esmerada educación en Winchester y en el Trinity College de Oxford, donde se formó como abogado aunque nunca ejerció. Pronto mostró interés por el arte y la literatura. Entre 1815 y 1822 realiza cuatro giras por Europa, conociendo Viena y Nápoles, viajes durante los que comienza a coleccionar grabados y otras obras de arte. En 1824 se casa con Harriet, hija del quinto Conde de Essex, George Capel, amigo de su padre.


En 1830, la delicada salud de su esposa, a la cual los médicos le habían recomendado una temporada de reposo en clima templado, les hace dirigirse hacia España. Los Ford parten de Inglaterra hacia Gibraltar por ruta marítima junto a sus tres hijos, acompañados además por una sirvienta y una enfermera. El 29 de Octubre de 1830 desembarcan en la Roca, siendo huéspedes del Gobernador de la Plaza, el General Sir George Don. Tras varias semanas de estancia en Gibraltar, los Ford embarcan de nuevo, esta vez hacia Cádiz, desde donde en carruaje llegarían a Sevilla el 27 de Noviembre. Su estancia en España, que inicialmente tenían prevista para uno o dos inviernos, finalmente se prolongaría por espacio de tres años hasta el otoño de 1833.



En un principio alquilan una casa en pleno Barrio de Santa Cruz, en concreto en el número 10 de la plazuela de San Isidoro. Según los estudiosos, la elección por parte de Richard Ford de la ciudad de Sevilla como principal residencia de su familia en España se debió a su cercanía a Gibraltar, posible refugio ante un empeoramiento de la inestable situación política española. Sin embargo, hay otros autores que consideran que eligió Sevilla, además de por su proximidad a Gibraltar, por ser la ciudad más importante del sur de la Península y, por tanto, con una vida social muy intensa. Ello debió de facilitarle, asimismo, sus labores de información (se llega a hablar incluso de posibles actividades de espionaje) para su amigo Mr. Henry Unwin Addington, embajador plenipotenciario británico en Madrid entre 1829 y 1833.


Richard Ford, de buena familia y elevada posición social, viajaba precavido y llegó a España con el respaldo de varias cartas de recomendación del Duque de Wellington. Entre ellas una para el marqués de las Amarillas, exministro de la guerra y residente entonces en Sevilla, lo que le facilitó la pronta relación con la mayor parte de las autoridades y personas influyentes de la ciudad, así como con muchos de los aristócratas locales. Sin embargo, en los primeros momentos, las costumbres sociales de esta buena sociedad sevillana aparecen a los ojos de Richard Ford, un verdadero gentleman inglés, algo extrañas y desfasadas, y de las que se burla mordazmente en sus cartas al embajador Addington.



Una vez en Sevilla, Richard aprende rápidamente el castellano, aunque poseía algunas nociones previas a su llegada a España, y se aficiona a El Quijote, del que lee cada día un capítulo en voz alta a su familia. Los Ford pronto se acomodan a vivir en Sevilla que para su grata sorpresa era mucho más barata que Londres, lo que les permite llevar una vida suntuosa y de verdadero lujo. Se convierten en asiduos a un palco del teatro y a las corridas de toros de la Maestranza, aficionándose asimismo al baile andaluz, hasta el extremo de que Harriet, muy dotada para la pintura y la música, aprende a tocar la guitarra. Incluso llegan a adoptar ciertas costumbres españolas, como en el vestir.


Durante los siguientes meses, Richard Ford (conocido en Sevilla como «Don Ricardo») dedica gran parte de su tiempo a dar constantes paseos, cuaderno en mano, deambulando por las calles y plazas de la ciudad. Con buenas dotes artísticas, dejó plasmados en un sinfín de dibujos muchos de los rincones de la ciudad de Sevilla. En sus dibujos, que para buena parte de los expertos tienen una de calidad más que aceptable, priman las vistas urbanas, siendo mucho menos numerosas las imágenes de figuras humanas. Muestran de manera precisa la Sevilla de finales del reinado de Fernando VII y, por ello, son de un gran interés: constituyen un importante legado tanto histórico como artístico.


De espíritu inquieto, Richard Ford inicia en abril de 1831 su primer viaje por España, comenzando por Madrid, invitado por su buen amigo Henry Unwin Addington. La capital española no le resultaría especialmente agradable, exceptuando las colecciones de la Armería Real y del Museo del Prado (que para él era «la mejor galería de pinturas del mundo»), donde pasa días y días admirando sus cuadros, sobre todo los de Velázquez. Tras tres semanas de estancia en la capital, deja Madrid para visitar Toledo, Alcalá de Henares, Guadalajara, La Granja de San Ildefonso y Segovia. El regreso a Sevilla lo realiza dando un rodeo por Talavera de la Reina, Mérida, Badajoz y Zafra.


En mayo de 1831, la familia Ford se traslada a Granada donde se alojan en la Alhambra, siguiendo las recomendaciones de su amigo Washington Irving. Allí, gracias a las gestiones del general irlandés O’Lawlor («don José»), afincado en Granada y administrador de las propiedades españolas del Duque de Wellington, pueden disponer durante los calurosos veranos andaluces de los aposentos de la Casa del Gobernador en la Alhambra. Esta privilegiada residencia ya la había disfrutado años antes, durante su estancia granadina a finales de la década de los veinte, el diplomático y escritor norteamericano Washington Irving. Las construcciones arquitectónicas y el clima les maravillan. Y en este ambiente propicio, tanto Richard como Harriet se dedican al dibujo y a la acuarela, sus aficiones favoritas.


Del paso de Richard Ford por la Alhambra perduran, además de una buena cantidad de dibujos y acuarelas, varias inscripciones con su nombre en el mirador de Lindaraja, en la torre de Comares y en el borde de la taza de la Fuente de los Leones. Este tipo de inscripciones (precursoras de los actuales grafitis) eran práctica habitual entre los viajeros del Romanticismo. La Alhambra cautiva a Richard Ford, que no entiende la indiferencia que muestran por ella los granadinos: “Pocos van nunca a visitarla ni comprenden siquiera el interés total, la devoción concentrada que despierta en el forastero. La familiaridad en ellos ha dado lugar al menosprecio con que el beduino contempla las ruinas de Palmira, insensible a su presente belleza tanto como a su pasada poesía y aventura”.



En agosto de 1831 Richard Ford inicia su segundo viaje por España, en esta ocasión en compañía de su esposa, dejando a sus hijos al cuidado de O´Lawlor en Granada. Su ruta les lleva primero a Murcia, Elche y Alicante. Después se dirigen al Norte pasando por Játiva hasta Valencia y, bordeando la costa mediterránea, a Barcelona. Ya en el viaje de vuelta, antes de tomar la diligencia hacia Zaragoza y Madrid, realizan una pequeña escapada a caballo hasta Monserrat y Cardona. En su breve estancia en Madrid, donde serían atendidos por Addington, realizan varias excursiones, incluyendo una a El Escorial. Finalmente, tras diez semanas, llegan a Granada. Y ya con sus hijos, retornarán a Sevilla en la primera semana de diciembre.


Una vez en Sevilla, los Ford cambian de domicilio al alquilar a don Tulio O´Neill, Marqués de la Granja el palacio de los Monsalves, mucho más acorde con su posición social. En su nueva residencia reciben frecuentes visitas, tanto de algunos compatriotas ilustres afincados en Andalucía, así en febrero de 1832 la del cónsul británico en Málaga William Mark, como de todo tipo de personajes notables españoles, e incluso organizan bailes de sociedad. Si bien es cierto que Richard Ford tenía todos los prejuicios religiosos y sociales de un inglés de buena familia, nunca los dejó traslucir en sus relaciones con los españoles, que quedaban encantados con sus amables y elegantes modales y su constante cortesía.


Richard Ford, siempre ávido de nuevas sensaciones, emprende en marzo de 1832 un nuevo viaje, esta vez a lomos de su “jaca cordobesa” y en compañía de su criado, montado en un burro. Primero visita en Cádiz a John MacPherson Brackenbury, cónsul británico y destacado coleccionista de arte. Desde allí se dirige a San Fernando, donde atraviesa el que fuera campo de batalla de Barrosa para por la costa llegar a Tarifa y de allí a Gibraltar. Continuaría su ruta, ya por el interior de la provincia de Cádiz, hasta Gaucín. Poco después llegaba a Ronda desde donde se dirige hacia el oeste, pasando Grazalema, camino hacia Arcos y Jerez, desde donde emprendería el regreso a Sevilla.


En mayo de 1832 Richard Ford inicia su viaje más largo, del que no regresará a Sevilla hasta el 21 de julio. A caballo se dirige hacia el norte, vía Río Tinto y Mérida, para ver el puente romano de Alcántara. Y desde Plasencia, después de desviarse para conocer el monasterio de Yuste, su ruta continúa por Ciudad Rodrigo, Salamanca, Zamora, Astorga y Lugo hasta Santiago de Compostela. Desde Santiago se dirige a Asturias y de allí a León y Valladolid. Ante ello, no puede sorprender que dijera que una expedición a caballo por España resultaba, para un civil, “casi el equivalente a servir en una campaña (militar)”. A continuación desde Valladolid continúa viaje, ya en diligencia, a Bilbao, por Burgos y Vitoria, y de vuelta a Sevilla, vía Madrid.


Richard Ford siempre viajaba con un bloc de notas y otro de dibujo, de los que nunca se separaba, anotando en los cuadernos sus impresiones y comentarios, muchos de ellos de gran ironía y mordacidad. En tres años en España llegó a llenar cientos de cuadernos con sus anotaciones, realizando asimismo alrededor de 500 dibujos y acuarelas, la mayor parte mientras residía en Granada y Sevilla. Esta actividad de dibujar todo lo que ve, era especialmente peligrosa para un extranjero en la España del siglo XIX, como el mismo recoge: “Nada suscita mayor desconfianza que el forastero que anda dibujando o tomando notas en un cuaderno; a quien quiera que sea visto sacando planos o mapas del país, se le toma por un ingeniero o un espía, y en cualquier caso individuo de quien nada bien cabe esperar”.


A finales del año 1832 llegó a Sevilla el joven pintor inglés John Frederick Lewis, al que Richard Ford introdujo en los medios artísticos sevillanos y que se convirtió en un buen amigo de la familia. Con él asistirá a algunas cacerías por las cercanías de Sevilla. Durante 1833 los viajes de Richard Ford se hacen más esporádicos por precaución ante los brotes de cólera que comenzaban a producirse en España. En abril de 1833 la familia Ford se dirige nuevamente hacia Granada. Desde allí, llevado por la curiosidad, Richard Ford organiza una breve excursión a Tánger y Tetuán cruzando el Estrecho de Gibraltar. Al volver a las costas españolas se encaminan a Málaga, y de allí Richard Ford se dirigirá en solitario a Madrid para recabar noticias de primera mano sobre la preocupante situación política, mientras Harriet regresaba con sus hijos a Granada.


A finales de septiembre de 1833 los Ford emprenden desde Granada el largo viaje de retorno a su patria, esta vez por tierra, vía Madrid, ciudad a la que llegan en plenos funerales de Fernando VII, fallecido el día 29. Richard Ford tuvo tiempo para visitar la capilla ardiente instalada en el Salón de Embajadores del Palacio Real. Y el 4 de octubre la familia Ford parte definitivamente de España en diligencia camino de Burgos, y desde allí hasta la frontera francesa para continuar hasta Bayona y París, huyendo del cólera y del inicio de los primeros enfrentamientos entre carlistas e isabelinos. Durante el viaje de vuelta falleció su hijo pequeño, y a primeros de diciembre los Ford se encontraban por fin de vuelta en Londres.


Richard Ford no se fue de España de vacío. Entre sus pertenencias se llevó varios cuadros de autores afamados como Alonso Cano (2), Zurbarán (3), Murillo (9), Ribalta (1), El Greco (1), Velázquez (2), así como otros lienzos de Herrera el Viejo (maestro de Velázquez), Herrera el Mozo, Juan Carreño de Miranda, Luis de Morales, Ignacio Iriarte, Pedro de Moya, Fernando Gallegos, José Gutiérrez de la Vega, etc. Además, numerosos libros españoles de considerable valor, una extensa colección de monedas antiguas y una gran cantidad de fragmentos de azulejos originales de la Alhambra, y también otras piezas no identificadas como cuadros y joyas. En comparación con otros viajeros extranjeros, rivales en la adquisición de obras de arte españolas, sus compras fueron más modestas pero no pueden considerarse nada desdeñables.


Una vez en Inglaterra, el matrimonio Ford decide separarse amistosamente. En la primavera de 1834 Richard Ford se fue a vivir con a sus dos hijas a Southernhav, en Devonshire, cerca de la ciudad de Exeter donde residía su hermano, el reverendo anglicano James Ford. Más tarde compra una casa de campo en Heavitree, en las afueras de Exeter, en la que se instala definitivamente junto a su valiosa colección de pinturas y libros adquiridos en España. Como curiosidad Ford rubricaba con su nombre escrito a mano cada uno de sus ex libris. Su admiración por España quedó patente en su jardín que plantó con arrayanes, macetas, fuentes y cipreses, y en el que construye un pabellón de verano, en estilo neomudéjar a imitación de La Alhambra, a la que da el nombre de La Madriguera, donde se encerraba a escribir.


Tras la muerte de Harriet, en mayo de 1837, Richard Ford contraería segundas nupcias en febrero de 1838 con Elizabeth Cranstoun, con la que tuvo una hija en 1840. De carácter algo excéntrico, solía vestir con la zamarra hecha con piel y lana de oveja merina que había utilizado durante sus viajes por España, obsequia a sus vecinos botellas de vino que importaba directamente de sus amigos bodegueros de Jerez y lechugas de su propia cosecha. En las casas aristocráticas de la comarca se hizo famosa su elaboración de la ensalada, plato que consideraba una de las «glorias» de España. Richard Ford, buen conocedor del refranero español, decía que se requerían cuatro personas para elaborarla: «Un derrochador para el aceite, un tacaño para el vinagre, un asesor para la sal y un loco para revolverlo todo».


Afincado en Heavitree House inicia su faceta de escritor con la publicación en abril de 1837 de un artículo en la Quartely Review, el primero de una cincuentena de artículos y reseñas de libros, referidos esencialmente a temas españoles, que escribirá a lo largo de las siguientes dos décadas y que le proporcionaron la fama, entre los círculos intelectuales y artísticos, de ser el hombre más versado de Inglaterra sobre “las cosas de España”. En septiembre de 1840, a la vuelta de un largo viaje por Francia, Alemania e Italia, Richard Ford acepta finalmente la propuesta de la famosa casa editora John Murray para escribir la guía correspondiente a España de su serie de guías turísticas sobre los distintos países de Europa tituladas “Handbook”. Proyecto al que, con numerosos altibajos, Richard Ford dedicó los siguientes años.


En julio de 1845, después de años de trabajo se publicaba su voluminosa obra de 1.064 páginas en dos gruesos tomos: “Hand-book for Travellers in Spain and Readers at Home” (Manual para Viajeros por España y Lectores en Casa). Con un éxito fulminante, se reimprimió varias veces y difundió su prestigio entre el gran público. A finales de 1846, en parte con material no utilizado en el “Hand-book for Travellers in Spain and Readers at Home”, redactó una serie de ensayos que se publicarán bajo el título de “Gatherings from Spain” (Cosas de España). En 1852 publicó su último libro: “The Spanish bull fights” (Las corridas de toros).


Richard Ford, que volvería a casarse por tercera vez en junio de 1851 tras la muerte de su segunda esposa en 1849, pasó los siguientes años ocupado en la redacción de la tercera edición de su “Hand-book for Travellers in Spain…”, que apareció en julio de 1855. Tres años más tarde, el 31 de Agosto de 1858, y sin haber vuelto nunca a España, moría Richard Ford. Sobre su tumba en el cementerio de la iglesia de San Miguel, en Heavitree, figura la inscripción: ”Rerum Hispaniae indagator acerrimus” (acérrimo investigador de las cosas de España). Acertado epitafio para el que fue uno de los más apasionados divulgadores de “las cosas de España”.


Richard Ford fue uno de los llamados "curiosos impertinentes", viajeros ingleses de la primera mitad del siglo XIX, cultos y refinados, cuyos escritos sobre sus vivencias en España crearon una singular imagen romántica acerca de lo hispano, repleta de evidentísimos prejuicios y fobias, que a grandes rasgos aun hoy en día sigue en pie. Richard Ford visitó Alcublas en 1831, dejando constancia de ello en uno de sus libros, “The Hand-Book for Travellers in Spain and Readers at Home” (El Manual para Viajeros en España y Lectores en Casa), publicado en julio de 1845. Espero en una próxima entrada en este blog PEÑA RAMIRO dar a conocer lo que escribió este gran viajero, erudito y primer hispanista inglés sobre Alcublas.

Por Juan Antonio Fernández Peris,


del Centro Excursionista de Chelva y colaborador del blog Peña Ramiro

6 comentarios:

Luismi dijo...

Muy buena la descripción del aliño de ensaladas: «Un derrochador para el aceite, un tacaño para el vinagre, un asesor para la sal y un loco para revolverlo todo»
La recordaré.

Malolito dijo...

Yo de mayor quiero ser como Richard Ford.

Anónimo dijo...

No me imagino a un ingles en ALCUBLAS en aquellos años. El contraste seria alucinante. Al Sr. Ford si que le llamarían Perolero.

pepiño dijo...

Poquito a poco la nómina de personajes relacionados con Alcublas crece como la espuma. ¿Dónde llegará esto a parar?

Anónimo dijo...

Pues para ser inglés no posaba mal con el traje de "majo-vestido".

Ahora en serio: la de personajes curiosos que van por el mundo..
Gracias Juan Antonio por enseñárnoslos.

EMPREÑADOR dijo...

Esto de Alcublas me parece mas leyenda que otra cosa.Haber si siempre que venia algún forastero a España pasaba por Alcublas.Sino tenia que haber ni carreteras?.
Por cierto menuda paliza del PP en Alcublas