domingo, 12 de febrero de 2012

TAN LEJOS, TAN CERCA...

”Radicalmente libre y radicalmente riguroso: nada más, pero nada menos”.

Con esta célebre máxima, incluida por Jorge Semprún y José Martínez Guerricabeitia (1921-1986) en el primer número de Cuadernos del Ruedo Ibérico, quedaba de manifiesto el ideario básico que presidiría la editorial durante los veinte años de existencia.
Creada en 1962 en París, Ruedo Ibérico publicó más de un centenar de libros y 66 números de su revista, fijando como objetivos primordiales la recuperación de la memoria española, al tiempo que la deslegitimación de la ideología opresiva impuesta por el régimen franquista. De este modo vieron la luz exhaustivos estudios sobre temas tan diversos y controvertidos como el Opus Dei, la Asociación Católica de Propagandistas, el exilio republicano o la propia Guerra Civil, a menudo debidas a historiadores anglosajones -Stanley G. Payne, Hugh Thomas, Ian Gibson- y corresponsales extranjeros, de ahí una óptica más objetiva y contraoficialista.


¿Pero quién fue Pepe Martínez? Leyendo unos viejos cuadernos de Ruedo Ibérico encontramos por casualidad el nexo de unión de José Martínez con Alcublas.
José Martínez Guerricabeitia nació en Villar del Arzobispo (18 de junio de 1921 - 12 de marzo de 1986), hijo de José Martínez García, minero anarco-sindicalista, y Josefa Guerricabeitia Orero. Su familia materna era originaria de Alcublas, pues su abuelo se casó en Alcublas con Josefa Orero Comeche. Los padres de ésta, los bisabuelos, eran Miguel Orero y Liberata Comeche, de Alcublas. Un hermano de Miguel, Manuel Orero, fue un cura de armas tomar...

El propio Alfons Cervera dedica unos párrafos a José Martínez:

"El Villar del Arzobispo es un pequeño pueblo de tres mil habitantes, metido en los montes de la Serranía valenciana, a escasos kilómetros de Gestalgar, el mío y muchísimo más pequeño todavía que aquél donde nació Pepe Martínez Guerricabeitia. Poco tiempo anduvo viviendo allí el fundador de Ruedo Ibérico. Por circunstancias laborales, la familia marchó a Requena, otro pueblo del interior, y al Villar sólo regresaría de vez en cuando, muy de vez en cuando, Pepe Martínez. Y en esos regresos buscaría el refugio de sus primos, de una gente que tenía su edad o era una miaja más joven. Él venía o escribía cartas desde París y ellos lo miraban y leían como se mira y se lee a un tipo que, por muy primo que sea, venía o escribía desde París en unos años en que venir o escribir desde París era como llegar por lo menos de Saturno.
El recuerdo aumenta considerablemente las dimensiones de lo que se recuerda y en lo que aquellos hombres y mujeres me contaban aquella tarde había una admiración que traspasaba los afectos y se encaramaba en los andamios desde donde rendir culto al mito inalcanzable. Pero la grandeza del descubrimiento que me llegó aquella tarde fue precisamente  la de observar cómo el mito era un mito construido a medias por el entusiasmo y a medias por la tristeza. Sabían ellos que el triunfo se construía casi siempre a base de juntar como se puede la fuerza de la elección libre y la renuncia, de mantener la dignidad en los grandes proyectos de futuro y no descuidar que en alguna parte, por ejemplo en un pequeño pueblecito de montaña, a muchísimos kilómetros de París, de Madrid o Barcelona, hay una gente que, antes de que la tarde cayera sobre los manzanos, te llevaba por las trochas casi intransitables para que los olores de la tierra te recordaran que la infancia es casi el único paraíso que nos queda cuando el mundo, como decía la voz en off de Humphrey Bogart en "Casablanca", se derrumba a nuestro alrededor mientras nosotros nos amamos, como hacían él e Ingrid Bergman en un apartamento de París, o mientras esperamos que ese mundo deje de ser una mierda de mundo y consigamos entre todos convertirlo en otra cosa menos indecente. Leí algunas de aquellas cartas y hoy por hoy quiero, porque así lo juré sobre aquella mesa humilde con mantel de hule a cuadros, mantenerlas en secreto, propiedad sólo de aquellos amigos que mejor que nadie me hicieron entender que Pepe Martínez Guerricabeitia era una especie de guapo gigante que casi lloraba cuando se ponía delante de unos manzanos casi silvestres en los montes de su pueblo.
Me enseñaron fotografías de muchas etapas de su vida, cartas estremecedoras como ya les insinué más arriba, me contaron anécdotas que no sólo humanizaban la leyenda sino que eran como una radiografía tan perfecta que no se dejaba fuera ni un sólo detalle de ninguna de sus costillas. Hablo de estas pequeñas cosas porque siempre pensé que Ruedo Ibérico era esa gran cosa, una monumental cosa porque vista desde la pequeñez insoportable de este país en los años que duró su singladura todo nos parecía un rascacielos. En mi pueblo mismo me pasaba: siempre pensé que los chicos que venían a Gestalgar a pasar las vacaciones eran ricos, que estaban podridos de dinero, y que el novio de mi tía Maruja, que era de Valencia y se llamaba Pepito, y fue la primera persona a quien yo veía comer con la servilleta en el pecho, era el dueño de una empresa de autos de lujo. El batacazo vino luego, cuando descubrí que los colegas de juegos veraniegos sólo comían bien en esos meses que vivían en casa de los abuelos porque sus padres apenas si llegaban a fin de mes con sus trabajos de miseria y, sobre todo, que cuando Pepito se peleó con la tía Maruja todos supimos que era un simple aprendiz de mecánico en un taller de mala muerte en las afueras de la capital. Las pequeñas cosas se convertían en inmensas y a Ruedo Ibérico, a pesar de reducir sensiblemente sus acciones empresariales en mi cabeza nada economista, nunca le pasó como al novio de la tía Maruja ni a los viejos amigos de las vacaciones de verano en mi pueblo."
Valencia-París, diciembre de 2003

Hace unos días nos pusimos en contacto con su viuda Marianne, y nos dijo que poco recordaba ella de la familia de Pepe, pero que intentaría indagar. Queremos terminar este pequeño homenaje a una persona y a sus proyectos e ideales con una entrevista grabada a Marianne. Os recomendamos escucharla en su totalidad.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Tengo vasrios ejemplares de la revista en mi casa. Mi padre fue exiliado franquista y no regresó. Murió en París.
Uno de sus mayires y mejores recuerdos es ojear de vez en cuando las revistas de Ruedo Ibérico. Desconocía la vinculación de José Martínez con Alcublas.
También felicitaros por este excelente página.