domingo, 21 de octubre de 2012

EL PASTOREO DEL MONTE Y LA PREVENCIÓN DE INCENDIOS

CARLES RODRIGO, Pebrella ATF Consultora.

A raíz de un artículo publicado recientemente en prensa que me ha remitido mi amigo Miguel Navarro he decidido escribir sobre el pastoreo y su relevancia como una opción más para la prevención de los incendios. Miguel, una persona vinculada y muy comprometida con la Serranía y su futuro, me envió información sobre una ganadera cuyo ganado en Jérica se ha visto privado de pastos por el incendio del pasado mes de julio. En mi caso en el reciente artículo aparecido en Alter “Paisajes para después de un incendio” aludía a la necesidad de mantener activo el debate sobre los incendios, sus prevención y consecuencias.

Abogaba en el mismo por el fomento de la implicación de personas y colectivos, de mantener el puso tras los primeros momentos de indignación post-catástrofe, de evitar como sucede en tantos casos el olvido, lo que por otra parte resulta complejo. Planteaba en ese contexto la conveniencia de debatir diversas opciones en relación con la prevención de incendios que en Alter, y en la medida de las posibilidades, iríamos exponiendo.




Hoy quisiera reflexionar sobre el pastoreo del monte como una opción tradicional, una práctica secular aunque vigente en la actualidad, a tener en consideración por su relevancia en la limitación de la cobertura vegetal, de ese exceso de la misma que tanto influye en la propagación de las llamas.



El pastoreo del monte ha sido práctica habitual en nuestras tierras a lo largo de la historia, con las consiguientes fluctuaciones en su intensidad según las características de la sociedad en cada momento. En nuestro entorno su intensidad alcanzó su cénit durante el siglo XIX y primera mitad del XX, en relación con el periodo de máximo volumen de población en nuestros pueblos, de mayor número de activos agrarios y de una difusión del aprovechamiento ganadero hasta los últimos parajes empujado por la masiva expansión agrícola y roturación de tierras asociadas.

Fue la etapa en la que el bosque alcanzó su mínima extensión, prácticamente arrinconado en los lugares más inaccesibles y de menor aptitud agraria, y lo hubiera sido más de no ser por la activa administración forestal, en que el matorral disminuyó en superficie y cobertura, acosado por madereros, carboneros, leñeros, pastores, etc. El monte fue sobrexplotado, realmente esquilmado, en un proceso donde el pastoreo tuvo un papel relevante. Como bien apunta Jeroni Garcimartín en una reciente colaboración remitida a Alter el pastoreo resultó decisivo en la deforestación, fuente de innumerables problemas posteriores. Si bien no fue el pastoreo la causa de la deforestación, influyeron otras actividades, lo cierto es que los negativos efectos de ésta han sido evidentes nuevamente en las recientes inundaciones del sureste peninsular.

La política de la administración en materia forestal, de incremento de la superficie del bosque y de mejora de la calidad del mismo, fue patente durante buena parte de la segunda mitad del XIX y la primera del XX, a través de la protección de espacios naturales, el establecimiento de fórmulas más racionales de gestión, la impulsión de las repoblaciones, etc. Esto comportó una limitación de usos en muchos casos y con ello generó enfrentamientos con ganaderos y con las comunidades acostumbradas a explotar áreas de su propiedad o de otra titularidad de forma legal o ilegal (que a su vez habían sido adquiridas en muchos casos en el marco de la desamortización limitando el acceso a sus antiguos usuarios).

Tras la Guerra Civil la restricción de ordenación de aprovechamientos se hizo mucho más patente, impulsada desde la administración. Ésta se propuso con más intensidad no solo combatir la erosión (urgente en esa época de multiplicación de pantanos) o mejorar un patrimonio, sino directamente incrementar la producción de madera y de otros bienes en el contexto de una política autárquica, así como generar empleo rural en la magna obra repobladora, más cuando en los años cincuenta y sesenta se multiplicó la emigración del campo a la ciudad y se intentó atenuar sus efectos.



El resultado fue la limitación de acceso, o al menos la notable disminución del número de cabezas de ganado autorizadas a pastar, desde mediados de la década de 1940, en extensas zonas de monte. Este proceso ha pervivido en la memoria de muchas personas que lo vivieron y tuvo una gran repercusión en la economía de pequeños pueblos con todo tipo de manifestaciones. Fue el caso de Andilla, municipio ahora tan nombrado tras el reciente incendio, con la normativa aplicada a partir de 1946. En Andilla prácticamente todos los vecinos poseían cabras y ovejas, bien un rebaño, una punta de ganado o algunas cabezas para autoconsumo, que tuvieron que reducir o eliminar, lo que desequilibró aún más sus precarias economías y acentuó la acelerada emigración de sus habitantes. Sendos estudios que realicé en su momento, base de las correspondientes publicaciones con carácter de monografía local editadas a finales de la década de 1990, permitieron comprobar las consecuencias de esta medida en los municipios de Andilla, en la Serranía, y de Puebla de San Miguel, en el Rincón de Ademuz.

A lo largo de las últimas décadas a la actuación de las administraciones se sumó la propia crisis del sistema productivo agrario, no solo de la ganadería sino de buena parte de sus productos. La ganadería extensiva o semiextensiva, aquella que utiliza para el pastoreo el monte y zonas de cultivo cuando el ciclo agrícola lo permite, se ha enfrentado también a una pérdida de rentabilidad de sus productos, ahora reducida a la carne y en ocasiones la leche, con carácter residual al estiércol, perdido el valor de la lana y la piel. Esta disminución de rentabilidad queda patente en las importaciones de cordero más barato procedente de Australia o Nueva Zelanda. Únicamente las subvenciones europeas han permitido la supervivencia de buena parte de los rebaños que vemos por nuestros montes, en un contexto de crecimiento de la cría intensiva.



Pese a las ayudas públicas la rentabilidad limitada de una explotación ganadera y sobretodo la dureza de la vida del pastor en relación con otras ocupaciones y en ocasiones el desprestigio social de la profesión, ha incentivado la continuada disminución del número de ganaderos y pastores, el envejecimiento acelerado de las que restan, mientras el volumen de ganado ovino disminuye en el conjunto de España. En muchas zonas el sistema no se ha colapsado únicamente por la presencia de pastores extranjeros, básicamente marroquíes, que a semejanza de lo sucedido antaño con los pastores vascos en Utah o con los vaqueros de las Hurdes en Suiza han suplido la falta de mano de obra local.



En los últimos tiempos se observa en algunos ámbitos una tímida recuperación de la imagen del pastor, se desarrollan complejas iniciativas de formación de los mismos, desde planteamientos técnicos se estudia y difunde la trashumancia y la gestión ganadera tradicional del territorio. En este contexto se observa la aparición de algunos pastores jóvenes o relativamente jóvenes, un proceso insuficiente que al menos coyunturalmente puede favorecer la crisis económica. En paralelo los incendios forestales ponen sobre la mesa de debate la oportunidad de recurrir a un pastoreo controlado para frenar el avance imparable de una vegetación que si décadas atrás era un problema por su escasez, como sucedía en muchas áreas con la leña, ahora su exceso conduce al desastre.

Plantear esta opción no es algo nuevo, más bien una propuesta recurrente que se acentúa tras cada fase de grandes incendios. Tras los últimos de este verano ha vuelto a la palestra y en nuestras tierras no solo se presencia el debate sino que se está viendo iniciativas en marcha. Es el caso de la propuesta de la Unió de Llauradors i Ramaders que plantea que con un determinado número de pastores en activo, apoyados por la administración, podría llevarse a cabo un gran mantenimiento o de la iniciativa del Consorcio Andilla-Alcublas de promover la instalación de varios rebaños en sus montes con el mismo objetivo, a través de apoyo logístico y administrativo.

En este contexto la cuestión a valorar pienso que es la correcta aplicación de estas u otras iniciativas, las condiciones en que debe realizarse, la delimitación de espacios susceptibles de este aprovechamiento, el establecimiento de las cargas ganaderas por superficie, la fijación de los periodos de desarrollo más oportuno en cada caso, etc., es decir todo aquello que depende de los técnicos forestales y ganaderos. De no ser así nos encontramos en ocasiones sino con una sobreexplotación negativa como en el pasado, en principio no es probable dada la gran superficie existente, al menos con afecciones locales, sobretodo en áreas en regeneración o de de valor ecológico. Se precisa este estudio y supervisión también por lo que respecta al desarrollo viable de la actividad, al acceso a los lugares, la calidad real de los pastos, la distancia a los corrales, la disponibilidad de puntos de aguada, en los que si se ha invertido notablemente en los últimos años por las administraciones valencianas, etc. De no ser así nos encontraremos con efectos negativos, como ya se observa en algunos municipios donde pastores, cuando no meros acompañantes del ganado por diferenciarlos de los profesionales, campan a sus anchas y provocan daños no solo en el monte sino también en los cultivos, favorecidos por el creciente abandono agrario.

Además, en paralelo, es precisa una acción social que coloque en su lugar al oficio de pastor, que vaya más allá en la reivindicación de una profesión que pese a lo que puedan pensar muchas personas es muy compleja. Ser pastor es conocer las plantas adecuadas como alimento y las venenosas, los ciclos vitales del ganado y la atención al mismo, las enfermedades, etc., todo lo cual precisa de un proceso de aprendizaje.

En síntesis pienso que puede ser bienvenida una reactivación de la actividad ganadera para la prevención de incendios aunque únicamente de forma estudiada y regulada, con la colaboración de las distintas administraciones implicadas y la participación de los agentes locales.


http://www.alter21.es/?p=10053

3 comentarios:

JUAN ANTONIO FERNANDEZ PERIS dijo...

Interesante artículo, de una gran actualidad.

El pastoreo puede ser beneficioso, pero si se gestiona correctamente.

Por otra parte, hay estudios muy serios que señalan que en condiciones de sequía muy extrema,y con viento, los incendios se propagarían fácilmente aun con el monte limpio de vegetación.

PEÑA RAMIRO dijo...

Lo extremo es extremo. Pero en condiciones habituales, el pastoreo siempre será beneficioso.

rociadores dijo...

Gran artículo, no lo había mirado desde este punto de vista.