jueves, 13 de febrero de 2014

ERAN OTROS TIEMPOS... EN ALCUBLAS

El blanco y negro tiene estas cosas. Aviva los recuerdos. Y para ello Rafael Llatas es imprescindible. Él y su cámara. Nos dejó momentos como el que a continuación aparece...


Una madre espera a dos niñas que se entretienen jugando en la acera. Un gato contempla la imagen con total tranquilidad. Al fondo, alguien sentado en plena calle y niños, más niños. Eso era Alcublas...

Al hilo de los recuerdos, me sobreviene otro.
Una de las cosas que más me gustaba de pequeño cuando llegaba a Alcublas, era acompañar a mi madre, mi abuela, o alguna vecina a la tienda. La más próxima a mi casa era la de la "Tía Margarita". Traspasar la puerta me llevaba de repente a un lugar "mágico", lleno de cosas interesantes que despertaban mis sentidos. Casi en el umbral, se encontraban las sardinas de bota, dispuestas en aquel recipiente circular, orondas, ordenadas, brillantes, llamativas. Su olor todavía lo recuerdo, a mar y a sal, pero sobre todo a pueblo y a almuerzos entrañables con mi abuelo. En el mismo papel de estraza en el que se envolvían, las chafaba con la puerta, las desescamaba y las desmenuzada con mucha paciencia. Después, añadía un tomate del terreno a pequeños trozos y echaba un buen chorro de aceite del pueblo. Con el pan recien sacado del horno, se convertían en un bocado exquisito que todavía recuerdo.

Aquellos eran otros tiempos, en los que no habían tantas cosas, en los que a los niños no se les preguntaba qué quieres de merendar o de qué te pongo el bocadillo. El tiempo transcurría lentamente y disfrutar de aquellas sardinas se convertía en toda una fiesta.

A mi abuelo y a mí nos gustaban tanto las sardinas que cuando íbamos al monte, nos las llevábamos en el saco de la merienda... y las acompañábamos con uva. ¡Ah! y para beber agua del aljipe...


Probad este almuerzo... Ya me contareis.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnifico relato de lo que fue una forma de vida sencilla, pero nuestros abuelos vivian y eran felices sin tantas hipotecas, televisiones y coches de nose cuantos cavallos.

Día de vendema I dijo...

Era viernes por la noche y mientras estábamos cenando al calor del foguer mi padre nos contaba los planes para la mañana siguiente.
En la radio se escuchaba De España para los españoles, un programa musical que el viejo Telefunken emitía en onda media al que mis padres eran asiduos por su afición a Manolo Escobar y a Sara Montiel.
Los planes para el día siguiente eran claros concisos, había que madrugar puesto que nos esperaba un día duro de vendema tanto a mi hermano como a mí, a pesar de tener los dos menos de doce años en aquella época ya eramos todo unos hombres.
Prácticamente a las nueve de la noche ya estábamos durmiendo con los cual a la mañana siguiente escuchábamos el trajín que se formaba mucho antes de amanecer, el sonido del macho comer garrofas mientras mi padre le ponía los aparejos antes de salir al pajar para engancharlo al carro, os preguntaréis,¿cómo el mulo en casa?, pues sí era lo más común junto con un cerdo que teníamos en una pequeña porcatera al cual se engordaba con sobras de la comida para luego la matanza. Supongo que también os preguntaréis, ¿donde estaba el servicio en tan acogedor palacete?, pues ya os lo podéis imaginar, nuestras necesidades las depositábamos en un hueco que hacíamos entre la paja del corral casero y todo mezcladito con los excrementos del macho y del puerco abonaban nuestros campos.
Sonaba el carro por la calle de ripio mientras mis tíos y mi abuelo ya habían llegado a casa, mi madre preparaba las fiambreras con embutido de la matanza y patatas, muchas patatas, mientras nos gritaba,¡chiquillos arriba que ya está el padre con el carro!, suponéis bien el desayuno de leche con Cola-Cao era corto.
Ya de camino hasta el bancal mi padre iba andando delante de la caballería mientras mi abuelo todo eufórico él llevaba los ramalillos como si de capitán de barco al timón se pusiera. ¿Encima del carro?, mi abuelo, mi madre, mis dos tíos, mi hermano y yo, hora y media de camino hasta el bancal y también hasta ver los primeros rayos de Sol de octubre.
Una vez llegábamos había que encender una buena hoguera para entrar en calor y mantenerla encendida hasta bien entrada la mañana puesto que la escarcha o en el mejor de los casos el rocío hacían que la uva te mordiese los dedos como negándose a ser arrancada de la cepa. Mi abuelo se encargaba de organizar la logística poniendo tres lonas en diferentes sitios del bancal donde abocamos la uva de nuestras cestas de mimbre que la mayoría de veces nos chorreaba el mosto pegajoso por los hombros.
Hasta que al fin llegaba el mediodía, bueno eso según decía mi abuelo que miraba el Sol y colocando los dedos de una forma extraña en el horizonte exclamaba, ¡chiquillos es la una y no me voy ni cinco minutos!, aquello era una fiesta, mi madre sacaba las fiambreras para calentarlas en el rescaldo del fuego que estaba ardiendo durante todo el día, un pan sabroso eso si negro que ella misma masaba y luego cocía en el horno la Valenciana y las sardinas que a mi no me gustaban porque estaban muy saladas pero que mi abuelo se ponía como un kiko al mismo tiempo que se empinaba la bota de vino y de vez en cuando a escondidas de mi madre nos daba un trago, luego normalmente por las tardes acababa cortandose con el oncete pero como tenía soluciones para todo se meaba la herida y la taponaba con una hoja de la cepa mientras se reía enseñando los tres dientes que le quedaban, se hizo de ochenta y nueve años.


Dia de vendema II dijo...

Estaba atardeciendo y el bancal vendemado, la uva en los tres montones y las porsaqueras de las abejas revoloteando para degustar el rico mosto, mi abuelo ya ha enganchado el macho al carro y se van a casa con mi madre y mis tíos, seguro que llegarán bien entrada la noche, mi padre mi hermano y yo nos quedamos a esperas de que venga el tractor de la bodega, no recuerdo sí era un Fordson o un Ebro de lo que estoy seguro es que era azul.
Cuando llega ya bien entrada la noche el tractorísta le dice a mi padre, ¡sí no se pisa no cabe toda en el remoque!, con lo cual es el mejor momento de la jornada, mientras ellos están cargando el remolque yo estoy encima de él pisando la uva a la luz de la Luna y de los tristes faros del tractor.
No sé a que hora descarguemos en la bodega ya que ni estaba mi abuelo ni había Sol y en aquella época los relojes solo estaban en Suiza, lo que sí sé es que como al día siguiente era domingo mi madre nos bañaba en una cerrá con agua calentica del foguer, estrenemos pantalón de pana con rodilleras de unos primos míos que se les habían quedado pequeños.

Anónimo dijo...

Gracias Peña por tan magnifica historia, es de suponer que os habréis informado un montón en vuestras diversas fuentes porque en la parte que conozco es real como la vida misma.